17 de septiembre de 2007

LA DESILUSIÓN DEL OTRO

Establecemos relaciones unos con otros y sin saber porqué, se nos cruzan en la vida personas que sin motivo aparente nos encandilan, nos deslumbran, nos fascinan, nada más verlas. Algo hay en ellas que nos sentimos como atraídos, como imanados hacia todo lo que brota o percibimos de ellas.

Son relaciones, amistades, conocidos que se convierten inesperadamente en motivo esencial o importante en nuestra vida. Cuando más nos acercamos más anhelamos conocer, cuando más nos relacionamos más deseamos saber, más necesitamos aproximarnos. Sin proponérnoslo catalogamos y valoramos al otro, en un abrir y cerrar de ojos.

De repente un día cualquiera, un suceso quizás insignificante, una visión distinta, una palabra diferente o un hacer inesperado, nos descubren aspectos que posiblemente ni habíamos pensado, que ni tan siquiera habíamos imaginado y ese ser pierde luminosidad ante nuestros ojos.

No es un juicio, no es un echar en cara, no es calificar, no es un condenar, no es un sentenciar, simplemente aparecen visibles ante nuestra mirada, exteriores, detalles, rasgos que ya estaban en el otro y que no habíamos percibido, no habíamos apreciado, no habíamos dado tiempo a descubrirlos. Cuando la visión del otro se nos expande, se nos amplia, aparece ante nosotros de otra forma, de manera distinta a como le habíamos “catalogado”; es como si viéramos a otra persona diferente de aquella que nos atrajo en un principio, de aquella que nos sedujo y que nos encandiló en un inicio. Y aquella pieza perfecta del puzzle resulta que ya no encaja, ya no se ensambla al tablero de nuestra vida. La luz de ese ser que nos atrajo sigue estando ahí, pero al ser nuestra visión más amplia, ese atractivo, ese imanación, ha disminuido, palpamos su empequeñecimiento.

Las personas, en general, no cambiamos tan radicalmente, no solemos disfrazarnos tan puntualmente, así pues ¿por qué sucede? Quizás podríamos decir que el ser humano, por defecto, enjuicia, valora y opina muy alegremente, muy fácilmente; nos dejamos llevar por nuestras inquietudes y por nuestras impresiones momentáneas, lo que nos provoca situaciones y relaciones fugaces, porque procesamos y valoramos efímeramente.

El otro, posiblemente es el mismo, pero nuestras miras ya no son las mismas, nuestra percepción ya no es la del comienzo, nuestras expectaciones al respecto se han esfumado, y aparece la desilusión. La desilusión del otro. Ese otro que quizás ni se ha dado cuenta de la movida ocasionada, ese otro que inocentemente hemos convertido en quien realmente no es. Ese otro, no es un objeto valorable a nuestro criterio, tampoco nosotros pretendíamos ese fin, pero la impulsividad, el encanto del momento, la magia del instante nos ha hecho enjuiciar lo que no se puede o lo que no se debe juzgar, porque nadie es ni debe ser juez de nadie.

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