1 de octubre de 2007

EL PRESENTE QUE NOS ASISTE

Qué difícil e imposible resulta luchar contra el sentir del corazón. El latir de dentro nace sin ser buscado, surge sin ser solicitado y cuando quieres darte cuenta ya es demasiado tarde para impedir su presencia.

Los latidos del corazón, el sentir del alma no piden nunca paso, se adentran en la vida de uno… así, sin más, y ya no hay forma de evitar su embrujo, de anular su dominio o de remediar sus efectos. Se adentran de tal forma que la voluntad va cediendo su poder, su fuerza, va menguando el brío personal, el propio, el singular de cada uno. Cuando ese sentir se ha adueñado de nuestra vida, nuestra voluntad no tiene respuesta, ni tiene eco y aparece la tristeza, la pena, el desamor. La vida pierde sentido, el sentido que busca el corazón y anhelan nuestros anhelos. ¡Qué triste se nos antoja todo!

Pero la vida no es sólo el latir del corazón, no sólo es el sentir, la vida no se reduce al incumplimiento de nuestro deseo y de nuestro anhelo. Lo amado, lo deseado es ahora nuestra meta, es en este momento nuestro horizonte, es en este ahora nuestro "sentido" y damos nuestro presente, todo lo que él abarca por ese sentir que llena el corazón, que cubre el alma y nos embarga todo el cuerpo. Y en ese darnos nos perdemos la vida, nos perdemos lo bello, nos negamos la vida… de hoy. ¡Nos estamos quedando anclados en el ayer!

Salgamos al mundo, abramos las puertas de nuevo y que el aire ventile nuestro interior, que se lleve esos sentires que nos aprisionan, que nos atan, que nos acorralan. Quizás la vida nos regale un nuevo deseo, un nuevo sentir, una nueva ilusión… pronto, mañana, pasado o dentro de un tiempo ¡qué más da! Pero si nosotros nos encerramos en la tristeza de la ausencia, en la pasión de una espera o en el recuerdo de un pasado, la vida pasa sin que nos demos cuenta, sin sentir, ni vivir ese nuevo sol que el día nos ofrece.

Comencemos cada instante pensando que hoy es nuestro día, un día con posibles sorpresas, un día donde la vida nos cubre de alegría y donde la luz nos envuelve de nuevo con su claridad. Sintamos la alegría de lo vivido, de ese dulce veneno que nos alentó un tiempo, un instante… que fue, que existió, aunque fugaz fue… y fue un bello regalo en nuestro ayer, pero eso ya es pasado y nuestra vida no debe vivir del ayer sino del ahora, de este presente que hoy felizmente nos asiste.

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