30 de noviembre de 2007

JANO O LOS OPUESTOS

Todos somos Jano. Cada uno de nosotros tiene en sí la representación de ese dios de la mitología romana, que presenta un doble perfil, una oposición, los contrarios, los antónimos de todo aquello que constituye y compone el ser humano. Ese dios mitológico, bifrontal, de antagonismos... que nos calca y nos induce a la realidad de nosotros mismos, a la estructura y contextura desconocida del hombre. Su contraria dualidad se muestra bajo un busto con dos caras opuestas, pudiendo significar ese estado o forma, que todos tenemos y del que todos estamos -queramos o no- constituidos. En cada uno de nosotros existe un dentro y un fuera, un exterior y un interior, un inicio y un fin, un día y una noche, el percibir y el sentir, el pasado y el presente, lo afín y lo contrario, la realidad y la fantasía, la oscuridad y la luz, la lucha y la paz...

Cada uno de nosotros convive con el equilibrio de los opuestos que se hallan formando parte de ese todo íntegro que es el Ser, ese ser que es uno mismo. Cada uno de nosotros es distinto, es diferente, es variable, es desconocido para sí... porque calibramos de distinta forma y manera, los infinitos equilibrios que anidan, en esa obra de un todo, que es nuestro cuerpo y nuestra alma.

Todos tenemos una imagen externa, es nuestro afuera, así como tenemos nuestra imagen interior, nuestro adentro. Simplemente ese aspecto es ya una dificultad de equilibrio. Nuestra exterioridad, si preguntamos a los que nos conocen, muestra una máscara que en muchas ocasiones no se corresponde con nuestro sentir, con nuestra realidad interior. El mundo de nuestros adentros, es a veces la presencia de unos abismos infinitos que ocultamos en la representación y en la obra de nuestra vida pública. Una imagen suavizada puede ocultar las fosas más insospechadas, un carácter apocado puede encubrir una riqueza de vivencias, un diálogo intrascendente puede llevarnos al descubrimiento de profundidades…

El vivir de cada uno es una senda dilatada en el tiempo del pasado, si pudiéramos conocer algunos de esos trayectos quizás nos sorprenderíamos de las indigencias y penurias que se han tenido que superar, y sin embargo, ante su presencia de ahora, jamás deduciríamos los indicios de antaño. Exactamente lo mismo, pero a la inversa, andaduras que parecen haber atravesado el invierno y los acantilados y en cambio descubriríamos que sólo fueron otoños y algún que otro montículo. Eso simplemente con los demás, pero si nos detenemos a contemplar y a entendernos a nosotros mismos, descubrimos fácilmente nuestra ignorancia y nuestro propio analfabetismo en materia de nuestra composición y de nuestra amalgama de opuestos. Conocemos nuestra exterioridad, nuestra imagen, nuestra posición en el mundo cercano, pero ¿realmente conocemos nuestros pensamientos, nuestras inquietudes, nuestras ansias, nuestras reacciones ante los obstáculos, ante nuestra propia vida? …¡no! Creo sinceramente que no. Somos unos auténticos desconocidos para nosotros mismos.

Hay personas que no necesitan conocerse a si mismas, tienen suficiente con pertenecer al entramado colectivo y alternar su posición en las redes sociales para seguir despreocupados por la vida. Pero existen otros seres que los interrogantes esenciales del ser, del existir, las cuestiones sobre las inquietudes y movidas que cruzan por su pensamiento por el desconocimiento de si mismos, les atosigan, les inquietan de tal modo, que realmente la vida puede ser un auténtico suplicio y una verdadera persecución sino procuran algún tipo de conocimiento. La prueba -en el mundo en que vivimos- está en la cantidad de seres que padecen depresión, estrés, agobio, abatimiento, confusión, desasosiego… e ignoran la causa. Una causa que puede venir de muy distintos orígenes, quizás de la infancia o de algún que otro hecho puntual, pero principalmente surge de la inestabilidad y del desequilibrio de nuestras propias fuerzas, de nuestras constantes oscilaciones entre nuestros contrarios; esas oposiciones de las que todos estamos formados y constituidos, y de las que sólo conocemos una ínfima parte, donde sólo conocemos una vertiente, o cuidamos de un sólo aspecto… no es que lo hagamos aposta, simplemente caminamos en la ceguera de lo desconocido que nos habita y nos asiste.

Indagar nuestra propia estructura, nuestra propia composición es tarea ingrata, necesita de paciencia, no vamos a resolverlo de hoy para mañana, fácilmente gastaremos toda la vida en conocernos y nos iremos sin haber cruzado los umbrales de nuestra propia comprensión, pero iniciarnos en ese itinerario puede ser beneficioso, mínimamente tranquilizador o quizá no, sinceramente no lo sé, pero un desconocimiento, una incertidumbre y la ignorancia de uno mismo, puede ser terrible ante cualquier tropiezo, o ante el simple hecho de continuar nuestro camino.

2 divagaron conmigo:

Currican dijo...

...

Jano, mira hacia adelante, hacia atrás, a la derecha, a la izquierda al exterior y... ¡al interior!. Dios sólo romano, itálico. Conocedor del pro y del contra. Claridad, clarividencia absoluta.

Y Jano dirige todo lo que empieza, el primer mes del año lleva su nombre, y "janua" es la puerta que que abre la casa.

...

¡Percepción intuitiva!

Conocerse a si mismo, "...Indagar nuestra propia estructura, nuestra propia composición es tarea ingrata..." diría también difícil.

En la realidad se presenta un factor altamente contaminante, nuestro entorno, un entorno (el mirar a fuera) con el que no cesamos de compararnos, en el que nos desarrollamos y con el que nos explicamos.

Deme un instante para imaginar "solo imaginar" que quizás lo que denomina "prueba". "...la cantidad de seres que padecen depresión, estrés, agobio, abatimiento, confusión, desasosiego… e ignoran la causa..." esconde algo más, en ese proceso de conocerse a sí mismo, a la vez que ese "conocerse" se presenta absurdo visto desde nuestro mundo:

¿Es acaso algo distinto a ahogarse en el mar de la existencia?, al fijarnos solamente en el exterior, en lo que se desprende del éxito que creemos adivinar en aquellos que nos rodean ¿un éxito que, con la mirada "ahora sincera" en nuestro interior, no encontramos nunca totalmente "completo" en nosotros mismos?. ¿Una mirada que nos dirigimos y que solo nos devuelve la duda, la inseguridad, en definitiva el pathos omnipresente, disfrazado de carencias?

Si; conocerse a si mismo en nuestro momento de la historia, deba quizás comenzar con una ¡muy critica! mirada hacia nuestro entorno. Un entorno plagado de apariencias, ¡casas vacías de hermosas fachadas!.

Grande y rico a la vez que pequeño, "aburrido" y pobre, es el mundo en el que vivimos, que pone casi gratuitamente, en manos de cualquier individuo, más conocimientos de los que ningún hombre pueda llegar a manejar, conocimientos por los que hubieran dado su vida todos los sabios de otros tiempos y ¡que grande el desprecio! que le hacemos al dejarnos seducir por los ropajes de los pobres cosechadores de famas, al dejarnos seducir por productos de campañas que solo tienen por objeto empequeñecer nuestra "alma", de la que nos intentan alejar al no poder envasar y mostrar en ningún escaparate y colocar el su lugar los "deseos" más mundanos que sólo pueden conseguir embriagar temporalmente nuestro ego cuando enmudecen nuestro espíritu. Y... que nos alejan continua e imperceptiblemente de nosotros mismos, de nuestra realidad interna, de nuestros verdaderos impulsos.

Si; no tienen valor hoy, para este mundo, las cosas que no tienen precio. ¿Quien se preocupa de conocerse, cuando todos saben que se "es" lo que se tiene? ¡El hábito hace al monje!

Mirar fuera, vernos desde fuera, luchar, trabajar, comprar, tener...

... ¡olvidar! ... ¡ser ciego para poder ver! ...

o ¡cada vez más! ¡sufrir! ¡cuanto puede llegar a sufrir! el que así se mira y no, no consigue llegar a poder "comprar" a "tener" aquello, ¡tan poco!, a lo que se cree merecedor.

¡sólo imaginaba! e imaginaba

Y el romano Júpiter dirige todo lo que culmina.

...

MARIA dijo...

Ciertamente el entorno es un factor contaminante de muy alto riesgo. No está al alcance de nuestra mano hallar un paralelismo entre conocer la más pura esencia del ser humano y controlar al mismo tiempo las influencias de nuestro entorno. Si está en nuestras manos el administrar la influencia de ese entorno “con el que no cesamos de compararnos, en el que nos desarrollamos y con el que nos explicamos”.

Por eso en esta reflexión no he querido entrar en el aspecto exterior, sino simplemente presentarlo desde la individualidad y la realidad de cada uno. Es inevitable la influencia del exterior, una sociedad que como dice es ”un entorno plagado de apariencias, ¡casas vacías de hermosas fachadas!”. No creo que nadie con un mínimo de inquietudes sea capaz de discutir esas apariencias. Esta reflexión desea sólo hacer hincapié en la dualidad que existe en cada uno de nosotros, viéndola desde nuestra individualidad, desde nuestra singularidad. Reconozco sinceramente que tener en cuenta una sola perspectiva, una parte, un fragmento, resulte insuficiente, pero por algun lugar hay que empezar.

La gran influencia externa con la que estamos absorbidos nos aleja y nos dificulta, sin duda, el entendimiento de nosotros mismos. Pero cuando nos encontramos en esas épocas en que necesitamos indagar, queremos saber… cuando nos es preciso hallar respuestas a esas inquietudes, interrogantes y cuestiones que tanto nos inquietan, posiblemente no necesitemos de esa gran cantidad de conocimientos de los que hoy en día disponemos, están ahí, y podemos echar mano de ellos en cualquier momento, (y que conste que no las menosprecio, al contrario, las valoro y mucho), simplemente apunto que quizás lo que necesitamos es saber descubrir y entender, o al menos acercarnos a esa integridad que nos conforma. Una integridad que se presenta en el hombre como una dualidad constituyente.

Esa prueba que mencioné en el escrito, es precisamente la punta del iceberg que nos hacer dar cuenta que algo en nosotros no funciona, que no está correctamente encaminado y nos da el aviso, el toque, bajo una manifestación quizá demasiado frecuente, y que ya resulta habitual en nuestra sociedad.

¿Esta necesidad puede resultar absurda en nuestro mundo?, pues no lo sé, pero yo creo que cada vez menos, si no de qué ese gran crecimiento sobre conocimientos orientales, religiones, astrologías, técnicas de meditación, yoga, zen… etc. Está claro que el ser humano busca entenderse, busca conocerse y busca sencillamente el equilibrio de su ser.