25 de noviembre de 2007

LOS ECOS DEL SENTIR

La existencia de cada uno es un pasar por la vida donde encontramos sendas llanas y empinados riscos, días iluminados de hermosos colores y días donde sólo el gris parece tener lugar, cruzamos duros inviernos y alegres primaveras… y así los días se suceden y nuestro caminar recorre la vida.

Cuando cruzamos la primavera nuestra vida no tiene en cuenta, ni piensa a menudo, en los duros días de invierno, y ¡eso está bien!, porque debemos gozar de lo que ahora hay. Pero cuando el camino te introduce en el invierno, las lluvias, las heladas y los vientos atemorizan sin piedad nuestra tierra. En esas épocas grises también podemos sentir pequeñas manifestaciones de lo bello, también hay pequeñas lumbres donde calentarnos, breves rayos de luz cuya calidez nos calienta y nos ilumina el rostro. Es en esas pequeñas manifestaciones donde uno parece recobrar la vida, el gusto por vivir, porque en la abundancia de la primavera y el verano no valoramos el buen tiempo, no apreciamos su presencia, simplemente están ahí.

En el invierno, la presencia de esos breves momentos que aparecen y nos dan un cierto respiro, los valoramos de forma especial. Un detalle, una palabra, un gesto, una sonrisa… son briznas de vida que se convierten en la expresión más bella, más hermosa, más dulce y más honda que podamos sentir. Quizás quien lo ofrece no se da cuenta de su gran regalo, pero el que lo recibe siente en su alma ese gran eco del sentir, recibe con gran deleite ese pequeño obsequio que levanta en el corazón lo bello de la vida y permite retomar la hermosura de las pequeñas cosas. No es un recuerdo, no son reminiscencias del pasado, sino que son expresiones del momento de ahora, es una donación de la vida de ahora, es lo que alguien inesperadamente y sin motivo especial, sencillamente… da, y lo da sin necesidad, sin obligación, lo entrega simplemente porque así le sale del corazón.

Los sentimientos que experimentamos en la vida, son grandes pasiones, grandes cambios, grandes vivencias que modifican nuestro día a día, pero esas pequeñas cosas que son aisladas, que no atan, que no obligan, que no piden, son las que, en esos tiempos de duro invierno, tienen más valor y más expresión que cualquier primavera con todo su colorido, porque la vida no son los grandes cambios, los grandes acontecimientos, ni tan siquiera los grandes sucesos o imprevistos, la vida es ese eco de las pequeñas cosas que uno recibe sin más, que uno se encuentra sin pedir, sin dar nada a cambio. A veces quisiéramos retenerlos, quisiéramos atesorarlos, quisiéramos conservarlos… y eso es un error, no debemos poseerlos, no podemos almacenarlos, simplemente hemos de vivirlos sin atarnos a ellos, porque la vida nos los dio sin ser esperados, así pues una vez recibidos, seamos agradecidos y dejemos que todo siga su camino.

Tengamos fe en la misma vida, quizás mañana esa misma vida nos regale de nuevo el calor de otra lumbre, un nuevo rayo de sol o el eco de otro sentir.

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