5 de diciembre de 2007

LOS ATRIBUTOS DE RELACIÓN

El trato que entablamos unas personas con otras y con las que establecemos unos mínimos vínculos, repeticiones o encuentros en el tiempo, solemos definirlas a grandes rasgos como relaciones. Hay muchos tipos de relaciones: familiares, amigables, vecinales, lúdicas, laborales, amorosas, placenteras, interesadas, cibernéticas… en cada una de ellas, las características, las peculiaridades y los intereses son distintos, así como también las personas que las viven.

Hay relaciones que surgen y aparecen, simplemente en el medio en que nos desenvolvemos, y no tienen más incidencia en nuestras vidas, que las de establecer un mínimo de cordialidad, de respeto y mantener una cierta armonía. Por ejemplo las laborales, las vecinales y también algunas del entorno familiar.

Hay otras relaciones en que nuestros intereses van algo más allá y actuamos en función de nuestro objetivo. Podemos ser agresivos o dóciles, impetuosos o reservados, pacientes o provocadores, tímidos o pícaros… características que en cierta forma manipulamos o sometemos, según veamos mejor para conseguir nuestro propósito. En este apartado podemos incluirlas prácticamente todas, ya que en una relación, situación o momento dado, podemos sentir la necesidad o el impulso de obtener un fin.

También puede darse que, al establecer ciertas relaciones con los demás, las sobreestimemos o las infravaloremos, según el momento o la cuestión, según también nuestro estado o nuestro propósito, ya sea por afán, por carencia, por necesidad, por egoísmo, por ambición, por exceso, por despecho… por cualquier motivo que surja y nos induzca consciente o inconscientemente a la obtención de algo o de alguien.

Quisiera resaltar, de esta reflexión, específicamente las relaciones personales, las amorosas, las que se establecen entre dos seres cuyo trato se inicia por una atracción y son cautivadas por un enamoramiento, por una pasión, por un sentimiento.

Las grandes líneas que plantea una relación afectiva sin intereses materiales suelen ser: el afecto, la necesidad de cercanía o proximidad y el deseo de vivir y compartir, ese sentir y esa necesidad a través de una relación más íntima y personal.

A rasgos generales y en el transcurrir del tiempo, las relaciones personales ya establecidas sufren y pasan por distintas alteraciones, no suelen tener indefinidamente un equilibrio entre esos aspectos descritos a grosso modo.

Nuestra vida suele ser muy activa en los tiempos que corremos y aunque el sentimiento está presente, porque lo sentimos latir en nuestro corazón, bien es cierto que en ocasiones resulta difícil y complicado tener espacios de tiempo para compartir y vivir una relación. También con el paso del tiempo, nuestro ser evoluciona y en ocasiones puede no coincidir los cambios de uno con el otro, o quizás nos desilusionemos por motivos diversos (rutina, carácter, la propia relación, gustos, otras influencias…). Indudablemente un cambio o modificación en cualquier aspecto, se refleja en la intimidad de esa relación, quizás la pasión inicial se adormezca o el entusiasmo de los primeros días deja paso también a una cierta monotonía… Lo que está claro es que, el desequilibrio en alguno de esos campos, ya sea por exceso o por defecto, tarde o temprano acaba resintiendo, perjudicando e incluso anulando la relación.

Si nos aproximamos a la individualidad de esos tres aspectos mencionados podríamos también decir que:

  • El afecto, también amor, cariño, estima… es un sentir que podemos tener en otras muchas relaciones: por los hijos, por los padres, los amigos, los compañeros… pero… el amor que estos afectos nos aportan difieren del amor “en pareja”, en que pueden subsistir por si mismos, no necesitan de una intimidad, tampoco de una convivencia, ni de un común compartir.
  • La cercanía o proximidad. También esa necesidad humana podemos hallarla en todos aquellos que nos rodean, el no sentirse solos, el tener a alguien o algunos a quien acudir en un momento dado… es decir, tener compañía. Pero este sólo aspecto tampoco nos compensa, ni es equivalente a la de una relación amorosa, porque además de la compañía, deseamos y necesitamos el amor apasionado, el sentir de Eros y un mañana de finalidades y objetivos en común y compartidos.
  • La sexualidad, es un aspecto más personal y cada uno lo satisface según sus peculiaridades o necesidades. Pero cuando la sexualidad surge como la expresión de un afecto, de un amor, de una pasión, en definitiva de un sentimiento más que de una pura compensación placentera, entonces necesitamos unir esa íntima relación con una proximidad de lo cotidiano y con el amor que sentimos hacia el otro.

Cubrir esas necesidades de amor, de compañía o de sexo en distintas situaciones y con distintas personas no aporta a nuestro sentir la misma profundidad, la misma satisfacción, ni el mismo espíritu de goce.

  • El amor de pareja no es necesariamente una necesidad, si no sentimos el fuego del sentimiento y la pasión en nuestro corazón.
  • La compañía, el establecer una cercanía o proximidad con otros seres, no necesariamente implica la necesidad de un sentimiento amoroso, sino de una relación mucho más pasajera o exterior en nuestra vida.
  • Y una sexualidad ocasional, satisface una necesidad fisiológica, pero no nos aporta, ni nos ofrece, esa plenitud de compartir aspectos de nuestra vida y objetivos comunes con el ser amado.

A diferencia de las relaciones más generales y propias de nuestra pertenencia a una sociedad, que pueden, en muchos momentos, ser ocasionales y por tanto sustitutivas unas de otras, su finalidad no es el otro sino nuestro objetivo o la coincidencia, mientras que en las personales, aquellas que establecemos individual y libremente, se establecen buscando como mínimo estos tres aspectos en común.

En definitiva, la relación de dos seres cuya unión viene dada por un sentimiento común de uno hacia el otro, sólo puede ser satisfecha, vivida y sentida entre esas dos personas. En este grupo de dos. El efecto de esa vivencia no puede ser ni dividido, ni suplantado por otras situaciones semejantes o parecidas. El desequilibrio o la falta de una de ellas suele ser causa de frialdad, lejanía o rotura.

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