18 de diciembre de 2007

MUY EN EL FONDO

Muy en el fondo, con el paso del tiempo y ya cuando nuestro camino tiene un cierto recorrido nos damos cuenta que por muy rodeados que estemos, por mucha gente que encontremos a nuestro alrededor, por muy llenos que estén nuestros días, existe una incertidumbre, hay alguna turbación, alguna duda, algún sentir, alguna inquietud, una cierta intranquilidad... algo que se aloja en nuestro más recóndito interior y aunque no seamos o no sepamos ser conscientes de ello sí percibimos su ruido, un rumor, una especie de alteración del alma que subyace en lo desconocido de nuestra conciencia consciente, de nuestro sentir y de nuestro vivir.

Existen ciertas intranquilidades, intuimos ciertas inseguridades, unas zozobras, que no sabemos exactamente definir, no conocemos su procedencia, ni su origen. Nuestro estar en sociedad, ese sentirnos incluidos en el entramado colectivo, no nos da respuesta, ni calma, ni acalla esa especie de crujir que se esconde dentro.

Podemos tener amigos, compañeros, conocidos... y mucho más cercanamente nuestra familia e incluso alguien tan próximo como nuestra pareja... deseamos quizá abrirnos, encontrar de donde proviene ese ruido, ese runrunear interior, anónimo... ese querernos completar, encontrar, hallar ese algo, que realmente no sabemos. Quisiéramos descubrir, quisiéramos conocer... pero ¿qué es lo que nos inquieta? ¿qué nos causa el ruido? Hay una parte en nosotros desconocida, como oculta también a nosotros mismos, porque no es una falta económica, no es una inestabilidad, tampoco es asunto de relaciones, de compañeros, de amigos, de posesión o conocimiento... es... un encontrar, es un hallar ¿pero qué? ¿Qué debemos hallar, que nos falta, que nos intranquiliza?

Y es que nada, ni nadie está completamente en y con nosotros.

Venimos al mundo en un cuerpo, un cuerpo que es como un todo hermético, un cuerpo que lleva en sí un alma y a través de ellos cruzamos estos parajes de la tierra en donde nos relacionamos, donde compartimos, donde intercambiamos, desde una posición siempre única, la nuestra; desde un lugar siempre solitario, el nuestro; porque en ese todo hermético, en ese todo íntegro que nos forma, nos conforma y nos distingue unos de otros, no hay posible inclusión del exterior. Sí hay un exterior que nos modifica, que nos altera, que nos complementa, que nos asiste... pero todo lo que proviene de ese exterior hacia ese todo que somos cada uno de nosotros, todo y todos son pasajeros en nuestra existencia.

Nacemos solos y vamos desarrollando las distintas etapas de la vida, infancia, niñez, adolescencia, adultez e incluso vejez, y muy posiblemente a lo largo del tiempo encontramos una o más personas con quien acompañar nuestra vida y con las que supuestamente existen unas afinidades que nos permiten una cercanía y un compartir en un sentido mucho más íntimo, más hondo, más entrañable y mucho más personal. Pero en determinados momentos, en ciertas épocas de nuestra vida nos retorna esa inquietud, de nuevo aparece ese ruido de fondo, ese regomello que no sabemos exactamente a que se debe, ni conocemos que es, ni cual es su origen, sólo sentimos que está ahí, en ese fondo de nuestro interior y que hace su aparición inquietándonos, alterándonos. Nadie es capaz de compartir esa parte de sí, no es que no se quiera, es que se desconoce, sencillamente lo sentimos enraizado, arraigado, tan formando parte de ese todo, que es intrínseco a nuestro ser, está ahí en lo hondo, muy en el fondo, es ese sentir que nos lleva siempre y sin descanso.

Nuestra familia nos acompaña un buen trecho, amigos con los que compartimos a veces gran parte de nuestra vida, lazos que consideramos como inherentes, como propios de nuestra vida, y sin embargo un día los encontramos en nuestro camino y en el recorrido los iremos dejando, también nuestra pareja, nuestros hijos y todo aquello que hemos encontrado y que nos ha sido regalado para ser vivido durante un tiempo. Cuando llegue el final de nuestro camino nos iremos como vinimos, solos, acompañados tan sólo de nuestra alma y de todo aquello que ella haya vivido y sentido, pero sin nada del exterior.

Nos sentimos morir cuando perdemos un amor, nos sentimos desfallecer cuando se nos va un ser querido, quisiéramos desaparecer cuando la vida nos maltrata, no queremos apartarnos de los que amamos, no queremos soltar lo que poseemos… pero hay que hacerlo, hay que soltar y hay que cambiar y a pesar de todo, sin saber cómo seguimos andando, seguimos los pasos de la vida, sin ganas quizás, sin deseos… pero seguimos, algo nos empuja a seguir y en ese caminar reencontramos nuevas ilusiones, nuevos amores, se presentan nuevos deseos, nuevas vivencias y la vida nos ofrece nuevos seres a los que conocer y amar y en todo ese ir y venir de acontecimientos, de cambios, de trasiego algo sigue estando siempre ahí, algo hay que nunca nos abandona, algo que nunca nos deja, algo que siempre está presente… es nuestro ser, nuestra intimidad, nuestro sentir, nuestro ruido, nuestra alma y nuestra más bella compañía desde el día en que fuimos arrojados al mundo: nuestra vida.

Tantas veces nos sentimos solos, tantas veces nos sentimos olvidados, tantas veces nos vemos apagados y tristes, ocupados en el tener, en el poseer, en el conseguir… y la verdad es que todo en la vida lo vamos dejando, lo vamos soltando porque así es la vida, todo se queda en el camino excepto nosotros mismos. Porque en verdad la vida, nuestra vida se termina cuando nos vamos, cuando ya hemos andado todo nuestro camino. Por eso la vida hay que vivirla sin posesionarnos de nada, en la vida hay que ir soltando para recibir de nuevo, los días hay que vivirlos, sin más. Todos y cada uno de nosotros nos encontramos, convivimos y compartimos, pero vinimos solos y nos iremos solos también. Nuestra más fiel compañía la tenemos en nuestro interior, en nuestra capacidad de gozar, de sentir, de vivir, de amar y experimentar la misma vida, nunca en nuestra posesión con lo de fuera.

Posiblemente deberíamos empezar a ser conscientes de lo frágil y pasajero que es todo en la vida, todo es ocasional, todo es transitorio, fugitivo, fugaz, incluso ese ser que puede compartir 30, 40 o 50 años de vida en común, un regalo realmente hermoso de la vida, pero también esa misma vida nos lo quitará al igual que un día nos lo dio.

Hasta que no nos demos cuenta que lo único que permanece siempre, somos nosotros mismos, andaremos sufriendo la pérdida, el alejamiento o el olvido de lo externo y de lo ajeno. La felicidad, la paz, la conciliación, el descanso de nuestros ruidos, de nuestras inquietudes sólo puede hallarse y apoyarse en uno mismo, en aquello que siempre está y permanece con nosotros, nuestro interior, nuestro sentirnos bien, nuestro aceptarnos y nuestro encontrarnos aunque sea muy en el fondo.

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