2 de diciembre de 2007

JÚPITER O EL ORDEN SOCIAL

Quisiera con esta reflexión complementar la escrita con anterioridad titulada JANO O LOS OPUESTOS. El comentario recibido, da pie a que le dedique algunas palabras más a este tema, pero en esta ocasión desde la influencia o visión de la exterioridad.

Intenté, con el escrito anterior, esbozar simplemente el infinito estado de equilibrios que existe en cada uno de nosotros. La dificultad en hallar el equilibrio personal está ahí presente y yo no conozco las respuestas, ni tampoco las soluciones para nivelarlo. Me hallo inmersa en esta caída libre que son nuestras decisiones, posturas y forma de ser, y por supuesto también, en relación a ese entorno que nos circunda. Lo enfoqué desde la individualidad porque creo firmemente que la mejora y los avances que podamos conseguir parten de nuestra posición y de nuestra actuación personal.

Es innegable la influencia del exterior, más que influencia me atrevería a decir el acoso que la estructura social ejerce sobre cada uno de nosotros. Estamos “condenados” a tratar y a vivir en sociedad, el hombre es un ser comunitario y social por naturaleza.

Nuestra sociedad nos bombardea con toda clase de artefactos e influencias, nos crea necesidades y deseos que nos encaminan a la adquisición de enseres, artículos, posesiones, conocimientos y toda una retahíla de necesidades que nos implantan la obsesión por adquirir, la obligación de tener y saber todo aquello que nos muestran. A través de los medios de información vemos las cosas como nos las dicen o como quieren algunos que las veamos, el más claro ejemplo lo tenemos en el mundo de la política; los telediarios nos informan de lo que sucede en el otro extremo con una rapidez de hechos asombrosos, las novedades para aumentar nuestro bienestar y nuestras comodidades aparecen como el gran descubrimiento, como la gran solución a nuestros problemas (después descubriremos que no había para tanto)… Todos experimentamos ese sentirnos “obligados”, esa necesidad de poseer, de tener y precisar las últimas novedades que aparecen continuamente sobre cualquier tema: telefonía, electrodomésticos, segundas viviendas, moda, informática, automóviles, conocer países exóticos, alternar… todo un sinfín de “necesidades” que bien podrían ser innecesarias, pero que se erigen ante nosotros pidiéndonos su propiedad. Ese entorno nos evidencia nuestra carencia, nuestra escasez y nos nace el síntoma de la adquisición, de necesitar, de no poder estar sin tal o cual cosa. Es la sociedad de consumo.

Querer seguir ese ritmo nos obliga a marcarnos otro ritmo también, necesitamos más poder adquisitivo, necesitamos estar más a la última, es preciso ser y estar como el vecino, el compañero o el personaje de turno… a su vez esa necesidad de adquisición, de consumir, nos crea las consecuentes ataduras que nos asfixiarán: hipotecas, préstamos, créditos… y así nos vamos sumergiendo en esa red, en ese entramado social del cual no somos capaces de liberarnos. Hemos perdido el gusto de saborear los diálogos, las buenas charlas, los coloquios, las lecturas, las críticas culturales… está de moda otro tipo de cultura, otro tipo de diálogo, otro tipo de información, ahora es importante saber los líos y amoríos de gente cuyo única fama se obtiene por sus desavenencias o por sus incursiones en vidas ajenas, hoy son importantes los “reality show”, conocer los trapos sucios, las penalidades de quién sabe quién, como si los anónimos no tuviéramos nuestras calamidades y contratiempos. Ésta es la cultura de hoy. Una cultura que queramos o no, nos influencia, nos ataca y nos aprisiona, nos sumerge en estados de ansiedad, de agobio, somos la estampa del deseo y aparecen con el tiempo las depresiones, las angustias, el estrés, la confusión, el abatimiento… otras presencias y otra realidad de la que nos surte en abundancia nuestra sociedad de hoy.

Quisiera lanzar desde este minúsculo y anónimo espacio una esperanza a todos aquellos que estamos inmersos en esa turbulencia social, tan difícil y a veces imposible de manejar. Creo sinceramente que nadie de nosotros puede cambiar la sociedad, podemos influir en nuestro entorno más próximo, podemos ayudar a los más cercanos, poner de alguna forma nuestro granito de arena, no sé cómo, ni de que manera. Pero… hay una cosa clara y evidente para mí, lo que sí podemos hacer es cambiar nuestra forma de ver ese entorno. Las cosas son como son, las personas somos como somos y en nuestra mano está el aprender a entender el mundo que nos rodea. Lo que seamos capaces de hacer, cambiar o modificar pues adelante y lo que no, simplemente dejarlo ahí, sin más, el mundo no se hundirá por ello. La exterioridad nos atacará, nos influenciará en la medida en que nosotros nos dejemos influir y atacar.

Si nuestro ser, si nuestra capacidad, si nuestra forma de mirar y entender se abre a la comprensión, al análisis, a la valoración, significa que desarrollamos en nuestro interior un cierto equilibrio, una cierta apertura, una cierta moderación… estamos dotados de inteligencia, de criterio, de saber distinguir entre blanco y negro, entre bien y mal… a nuestra manera, a nuestra forma… pero podemos hacerlo. El entorno seguirá siendo posiblemente el mismo, no podemos cambiar ni la sociedad, ni tan siquiera la forma de ser de nuestros más allegados… pero sí podemos aprender a mirarlo positivamente y con cierto criterio, nuestra predisposición puede ser la clave para ver que, las cosas, también pueden ser distintas.

Empecemos con nosotros, seamos tolerantes primero con nosotros mismos, aceptémonos, admitámonos y querámonos con nuestros errores, con nuestras limitaciones, con nuestros defectos y virtudes, y actuemos con los demás de la misma forma. Practiquemos la paciencia, la concordia, el buen hacer, en la medida de lo posible, sin imponer, sin obligar, que todo lo demás se dará por añadidura.

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