30 de noviembre de 2007

JANO O LOS OPUESTOS

Todos somos Jano. Cada uno de nosotros tiene en sí la representación de ese dios de la mitología romana, que presenta un doble perfil, una oposición, los contrarios, los antónimos de todo aquello que constituye y compone el ser humano. Ese dios mitológico, bifrontal, de antagonismos... que nos calca y nos induce a la realidad de nosotros mismos, a la estructura y contextura desconocida del hombre. Su contraria dualidad se muestra bajo un busto con dos caras opuestas, pudiendo significar ese estado o forma, que todos tenemos y del que todos estamos -queramos o no- constituidos. En cada uno de nosotros existe un dentro y un fuera, un exterior y un interior, un inicio y un fin, un día y una noche, el percibir y el sentir, el pasado y el presente, lo afín y lo contrario, la realidad y la fantasía, la oscuridad y la luz, la lucha y la paz...

Cada uno de nosotros convive con el equilibrio de los opuestos que se hallan formando parte de ese todo íntegro que es el Ser, ese ser que es uno mismo. Cada uno de nosotros es distinto, es diferente, es variable, es desconocido para sí... porque calibramos de distinta forma y manera, los infinitos equilibrios que anidan, en esa obra de un todo, que es nuestro cuerpo y nuestra alma.

Todos tenemos una imagen externa, es nuestro afuera, así como tenemos nuestra imagen interior, nuestro adentro. Simplemente ese aspecto es ya una dificultad de equilibrio. Nuestra exterioridad, si preguntamos a los que nos conocen, muestra una máscara que en muchas ocasiones no se corresponde con nuestro sentir, con nuestra realidad interior. El mundo de nuestros adentros, es a veces la presencia de unos abismos infinitos que ocultamos en la representación y en la obra de nuestra vida pública. Una imagen suavizada puede ocultar las fosas más insospechadas, un carácter apocado puede encubrir una riqueza de vivencias, un diálogo intrascendente puede llevarnos al descubrimiento de profundidades…

El vivir de cada uno es una senda dilatada en el tiempo del pasado, si pudiéramos conocer algunos de esos trayectos quizás nos sorprenderíamos de las indigencias y penurias que se han tenido que superar, y sin embargo, ante su presencia de ahora, jamás deduciríamos los indicios de antaño. Exactamente lo mismo, pero a la inversa, andaduras que parecen haber atravesado el invierno y los acantilados y en cambio descubriríamos que sólo fueron otoños y algún que otro montículo. Eso simplemente con los demás, pero si nos detenemos a contemplar y a entendernos a nosotros mismos, descubrimos fácilmente nuestra ignorancia y nuestro propio analfabetismo en materia de nuestra composición y de nuestra amalgama de opuestos. Conocemos nuestra exterioridad, nuestra imagen, nuestra posición en el mundo cercano, pero ¿realmente conocemos nuestros pensamientos, nuestras inquietudes, nuestras ansias, nuestras reacciones ante los obstáculos, ante nuestra propia vida? …¡no! Creo sinceramente que no. Somos unos auténticos desconocidos para nosotros mismos.

Hay personas que no necesitan conocerse a si mismas, tienen suficiente con pertenecer al entramado colectivo y alternar su posición en las redes sociales para seguir despreocupados por la vida. Pero existen otros seres que los interrogantes esenciales del ser, del existir, las cuestiones sobre las inquietudes y movidas que cruzan por su pensamiento por el desconocimiento de si mismos, les atosigan, les inquietan de tal modo, que realmente la vida puede ser un auténtico suplicio y una verdadera persecución sino procuran algún tipo de conocimiento. La prueba -en el mundo en que vivimos- está en la cantidad de seres que padecen depresión, estrés, agobio, abatimiento, confusión, desasosiego… e ignoran la causa. Una causa que puede venir de muy distintos orígenes, quizás de la infancia o de algún que otro hecho puntual, pero principalmente surge de la inestabilidad y del desequilibrio de nuestras propias fuerzas, de nuestras constantes oscilaciones entre nuestros contrarios; esas oposiciones de las que todos estamos formados y constituidos, y de las que sólo conocemos una ínfima parte, donde sólo conocemos una vertiente, o cuidamos de un sólo aspecto… no es que lo hagamos aposta, simplemente caminamos en la ceguera de lo desconocido que nos habita y nos asiste.

Indagar nuestra propia estructura, nuestra propia composición es tarea ingrata, necesita de paciencia, no vamos a resolverlo de hoy para mañana, fácilmente gastaremos toda la vida en conocernos y nos iremos sin haber cruzado los umbrales de nuestra propia comprensión, pero iniciarnos en ese itinerario puede ser beneficioso, mínimamente tranquilizador o quizá no, sinceramente no lo sé, pero un desconocimiento, una incertidumbre y la ignorancia de uno mismo, puede ser terrible ante cualquier tropiezo, o ante el simple hecho de continuar nuestro camino.

28 de noviembre de 2007

¿QUIÉN? ¿POR QUÉ?

¿Quién perfumó de aroma el mundo?
¿Quién compuso la melodía de la vida?
¿Quién iluminó el sol y oscureció las noches?
¿Quién marcó el caminar de los días?

¿Quién colocó las franjas del sentir?
¿Quién contó el latir del corazón?
¿Quién determinó el caudal de la pasión?
¿Quién...

¿Por qué el aroma embriaga el mundo?
¿Por qué la música cambia de sonido?
¿Por qué el sol abrasa y las tinieblas aprisionan?
¿Por qué la luz de los días y la negrura de las noches?

¿Por qué la intensidad desborda los límites?
¿Por qué el sentir se derrama sin control?
¿Por qué los latidos se aceleran en su latir?
¿Por qué...

¿Quién creó mi exterior? ¿Quién me diseñó el alma?
¿Por qué mi pequeñez alberga la inmensidad?

¿Quién? ¿Por qué?

Preguntas de escondidas respuestas.
Son hallazgos en un mismo vivir.
Así como el sol puede alojarse en una gota de rocío,
y una gota de agua puede contener el mar.
Así mi corazón acoge la vida
y mi alma puede sentir su grandiosidad.

25 de noviembre de 2007

LOS ECOS DEL SENTIR

La existencia de cada uno es un pasar por la vida donde encontramos sendas llanas y empinados riscos, días iluminados de hermosos colores y días donde sólo el gris parece tener lugar, cruzamos duros inviernos y alegres primaveras… y así los días se suceden y nuestro caminar recorre la vida.

Cuando cruzamos la primavera nuestra vida no tiene en cuenta, ni piensa a menudo, en los duros días de invierno, y ¡eso está bien!, porque debemos gozar de lo que ahora hay. Pero cuando el camino te introduce en el invierno, las lluvias, las heladas y los vientos atemorizan sin piedad nuestra tierra. En esas épocas grises también podemos sentir pequeñas manifestaciones de lo bello, también hay pequeñas lumbres donde calentarnos, breves rayos de luz cuya calidez nos calienta y nos ilumina el rostro. Es en esas pequeñas manifestaciones donde uno parece recobrar la vida, el gusto por vivir, porque en la abundancia de la primavera y el verano no valoramos el buen tiempo, no apreciamos su presencia, simplemente están ahí.

En el invierno, la presencia de esos breves momentos que aparecen y nos dan un cierto respiro, los valoramos de forma especial. Un detalle, una palabra, un gesto, una sonrisa… son briznas de vida que se convierten en la expresión más bella, más hermosa, más dulce y más honda que podamos sentir. Quizás quien lo ofrece no se da cuenta de su gran regalo, pero el que lo recibe siente en su alma ese gran eco del sentir, recibe con gran deleite ese pequeño obsequio que levanta en el corazón lo bello de la vida y permite retomar la hermosura de las pequeñas cosas. No es un recuerdo, no son reminiscencias del pasado, sino que son expresiones del momento de ahora, es una donación de la vida de ahora, es lo que alguien inesperadamente y sin motivo especial, sencillamente… da, y lo da sin necesidad, sin obligación, lo entrega simplemente porque así le sale del corazón.

Los sentimientos que experimentamos en la vida, son grandes pasiones, grandes cambios, grandes vivencias que modifican nuestro día a día, pero esas pequeñas cosas que son aisladas, que no atan, que no obligan, que no piden, son las que, en esos tiempos de duro invierno, tienen más valor y más expresión que cualquier primavera con todo su colorido, porque la vida no son los grandes cambios, los grandes acontecimientos, ni tan siquiera los grandes sucesos o imprevistos, la vida es ese eco de las pequeñas cosas que uno recibe sin más, que uno se encuentra sin pedir, sin dar nada a cambio. A veces quisiéramos retenerlos, quisiéramos atesorarlos, quisiéramos conservarlos… y eso es un error, no debemos poseerlos, no podemos almacenarlos, simplemente hemos de vivirlos sin atarnos a ellos, porque la vida nos los dio sin ser esperados, así pues una vez recibidos, seamos agradecidos y dejemos que todo siga su camino.

Tengamos fe en la misma vida, quizás mañana esa misma vida nos regale de nuevo el calor de otra lumbre, un nuevo rayo de sol o el eco de otro sentir.

24 de noviembre de 2007

RECUERDOS

Recordar los recuerdos
Es algo que no se olvida
Surgen en cualquier momento
Aparecen en cualquier instante
Renacen en un ahora
Y su invisible pasar cruzan de nuevo el vivir.

Algunos quisieran ser olvidados
Otros quisieran ser nuevamente vividos
Pocos se alejan de nosotros
Pero olvidados, vividos, alejados y recientes
Se anidan en ningún lugar
En espacios sin tiempo, en una eternidad infinita
Es un adentro del alma, del alma que los sintió.

Los recuerdos no necesitan palabras
Su presencia no necesita espacio
Su evocación no necesita motivo
Es el aliento el que les da vida… el aliento que los creó
Todo es un ir y un venir del alma
De un alma que les da vida, porqué nunca los olvidó.

Si en un instante, si en un surgir
Salen de su escondite y renacen al exterior
El corazón se vuelve doliente
El alma lo siente después
Y en un espacio callado
Algo pugna por salir otra vez.

Son sólo recuerdos, algo que ya pasó
Pero en un instante, en un ahora
Salen de su escondite, saltan al exterior
Recobran la vida de aquel pasado que regresó.

Son sólo recuerdos, recuerdos del ayer
Camino andado, dolor que ya pasó
Vida vivida, agua pasada
Pero no sé por qué
En un ahora, en un instante, el alma los revivió.

22 de noviembre de 2007

ENSIMISMARSE CON LA VIDA

Tendemos los humanos a querer dirigir nuestra vida, siempre que podemos -y sino también-, buscamos orientarla, administrarla y encaminarla según nuestros pensamientos, deseos y características. Pero realmente no nos conocemos, sabemos alguna cosa, nos detectamos ciertos defectos, algunas virtudes, dudables reacciones, y quizás una manera de ser… pero en verdad nos conocemos poco, muy poco.

Las personas que por inquietudes propias cavamos en nuestra propia tierra, en nuestro interior, escudriñamos en el pensamiento y en el sentir, nos damos cuenta de que somos realmente extraños para nosotros mismos. Sentimos lo que no esperamos, pensamos lo que no deseamos y vivimos guiándonos por unas pautas que nos hemos establecido. El paso de los días nos muestra que nuestros planes y nuestros designios en nosotros mismos, no son tan efectivos como creímos en un principio. Somos micromundos en una sociedad desconocida y en muchas ocasiones aliena a nosotros mismos. Vivimos deseando ser o queriendo ser parte de lo que nos rodea, acomodarnos a lo fácil, olvidarnos de los fantasmas que nos merodean y no nos abandonan, y entre la lucha por la adaptación y el ruido de nuestras inquietudes, caminamos la vida perdiéndonos la sorpresa, las dádivas y la belleza con que nos cruzamos o que se nos da, pero que no vemos.

Nadie tiene ese maravilloso elixir para vivir la vida en su esplendor, nadie posee la increíble fórmula para sentir la plenitud, nadie puede mostrarnos el camino que hemos de seguir. Pero sí hay voces, a veces son susurros imperceptibles que nos hablan a través del día a día, del momento a momento, o quizá sólo de vez en cuando, pero nosotros nos hallamos ofuscados con nuestros proyectos de vida, seducidos por nuestros nuevos propósitos, hechizados por nuestros “avances” en el conocimiento de nosotros mismos, que nos hacen padecer sordera.

Creo que la cosa es mucho más sencilla, la vida nos ha sido dada, la existencia nos ha sido regalada y en ese preciado obsequio, se nos ha añadido un alma desconocida y un pensamiento luminoso, pero no para las grandes cavilaciones y propósitos que nosotros elucubremos para dirigirnos, sino para que todo ese pack que nos ha sido dado, simplemente lo vivamos y lo vivamos en lo que nos encontremos, aquello que hallamos en nuestro caminar y gocemos de esos encuentros y de esos momentos por el simple hecho de vivirlos. El alma reconoce esos instantes, pero el pensamiento se vuelve egocéntrico y busca dominarlos, manipularlos, doblegarlos a través de los deseos, anhelos, ambiciones, pretensiones… con el único propósito de servir a nuestras directrices.

Pienso que la mejor felicidad es aceptar aquello que la vida nos dé, sea lo que sea, venga de donde venga, dejar que la vida nos llene, y en ese llenarnos nos ensimisme de sus colores, de sus aromas y de sus abrazos. A veces todo puede ser tan sencillo como simplemente vivir la vida y dejar que la vida nos viva.

18 de noviembre de 2007

DESCONOCIDO ROBOT, DESCONOCIDO

(un vivir que siento / un sentir que vivo)

No sé de donde surgiste
No sé de donde eres
No sé donde estás
No sé como eres
No conozco tu sonido, ni tu color.
Eres lo desconocido

En el silencio
Lo desconocido se acerca
En el silencio
Lo oculto se muestra
Y en estas horas de quietud
Tan cerca estás
Que lo conocido eres tú
Y la desconocida soy yo.

No sé donde habitas
No sé donde estás
Pero sé que hoy eres aquí
Y en presencia de este ahora
Vivo lo conocido
Porque la desconocida está en mí.

No quiero conocer
No quiero saber
No quiero oír
No quiero ver
Sólo… quiero vivir lo conocido
Sólo… quiero sentir lo desconocido
Sólo… este ahora
Sólo… este aquí
Sólo… mito
Sólo… la eternidad de Ser,
y de ser así.

13 de noviembre de 2007

EL ENIGMA DE LA COMUNICACIÓN


l lenguaje que utilizamos en una comunidad o país es compartido supuestamente bajo un mismo conocimiento y una muy parecida comprensión. Esa es la teoría. En la realidad está claro que el uso de ese lenguaje común, queda influenciado por variadas e innumerables influencias: la propia evolución del lenguaje, su variedad en el uso de términos, el territorio geográfico, el medio ambiente, las costumbres zonales, la edad, las relaciones, la propia interpretación y comprensión del individuo, la cultura, el grupo en general…

La comunicación ya de por sí complicada y difícil, dentro de un mismo ámbito por esas variedades globales, viene también alterada por nuestra forma de ser, por nuestra manera de ver las cosas, por nuestro carácter, por nuestro momento, por la situación del instante, por nuestro humor, por nuestra predisposición ante tal persona o tal otra... y así un largo etcétera de desigualdades que alteran nuestra expresión y comprensión. Un día nos levantamos de mal humor y todo nos molesta, incluso unos “buenos días”. Otro día amanecemos radiantes como la luz del día y resulta que es al otro a quien le desagrada nuestra comunicación. Es realmente complejo establecer una cierta regularidad. No quiero con ello decir que no exista, pero tenemos una tendencia a no encajar todos los humores del día, tanto nuestros como ajenos.

Cuando la comunicación quiere ser clara y concisa, o al menos mantener un mínimo de veracidad en nuestros diálogos, nuevamente topamos con la diversidad inevitable entre unos y otros. Lo que para uno resulta incitador, al otro le produce contrariedad, lo que a uno le entusiasma al otro le aburre, lo que para uno es la expresión momentánea, el otro lo interpreta casi como una manifestación categórica, y así sucesivamente.

Hay situaciones en las que nos proponemos tener, más que una relación cordial, un intercambio de visiones u opiniones provechosas para ambos interlocutores y entonces puede surgir la contrariedad de la distinta interpretación. A veces pienso que deberíamos establecer unas pautas iniciales para que nadie se llevara a engaño o para evitar posibles confusiones, pero también reconozco que ello sería motivo de cierta pobreza dialogante al estar limitados de antemano, al menos en una situación que debería ser amigable y distendida. La riqueza de uno, puede aportar mucho al desconocimiento del otro, tanto como la diversidad de opiniones, sin embargo la valoración de la situación no surge en iguales condiciones para todos. Por decir una barbaridad quizás se debería establecer una especie de consenso al estilo de J. Habermas donde se indicarían esas mínimas condiciones en igualdad y condición, pero sin duda ninguna, llegar a este extremo en la comunicación personal, haría perder todo el encanto, la frescura y la riqueza del diálogo.

La conversación, el intercambio, resulta a veces difícil y complicado, en ocasiones, incluso desagradable, aunque también es bueno reconocer, que un mal comienzo puede aportar un posterior buen proceso, porque el tropiezo inicial si se esquiva o se supera, sirve para mostrar las tendencias, gustos o preferencias de uno y la forma, el interés o la diversidad del otro. Oportunidades siempre enriquecedoras para todos, y más cuando aportamos a ello nuestros buenos propósitos e intenciones.

11 de noviembre de 2007

¿POR QUÉ VIVIR LO VIVIDO? - AHORA II

La vida es un continuo estrenar “ahoras”, siempre vivimos el momento presente, el instante que tenemos y es en ese espacio donde nuestra libertad es plena o al menos es donde escogemos lo que vamos a vivir, ya sea con algunos condicionantes que arrastramos o expectativas que esperamos, pero ambas cosas pueden ser modificadas en el hacer de este ahora.

La sucesión de los instantes van formando nuestra existencia y todos sabemos por experiencia que muchos de nuestros momentos son o los definimos como iguales, como repetitivos en el tiempo, porque tenemos una rutina y una sucesión de acciones equivalentes y porque en cierto modo, si todo fuera totalmente distinto difícilmente tendríamos puntos de referencia o lugares de asentamiento.

Cuando alcanzamos una cierta madurez en el tiempo, nuestra experiencia de la vida reconoce esa igualdad de momentos y situaciones parecidas, entonces actuamos en consecuencia de esa memoria y de esa experiencia del pasado. Hay hechos que sí permiten esa respuesta copiada de lo ya vivido porque quizás son superficiales o de relativa importancia, pero hay otras situaciones que independientemente de haberlas vivido y tener ya un cierto “conocimiento” de ellas creo que deben volverse a vivir, a pesar de todos los inconvenientes y de todos los problemas que supuestamente nos puedan acarrear, como son por ejemplo nuestras relaciones con los demás.

Vivir de nuevo una situación de cualquier tema o relación es siempre novedoso, independientemente de las ya vividas, porque algo siempre nos pueden aportar o desvelar. Seguramente repetir algunas situaciones y ciertas vivencias que se asemejan a las ya vividas pueden hacernos perder otras opciones, pero por mucho que vivamos, jamás las experimentaremos todas. Quizás la vida nos ofrece repetir aquellas que no acabamos de aprender, o aquellas que más nos aportan o las que más nos llenan, o las que más nos atraen. Cómo decía Ortega y Gasset “yo soy yo y mis circunstancias” y en ese ser yo en el mundo, esas circunstancias me afectaran, me alteraran o me modificaran en la medida que yo sea sensible y receptivo a ellas.

¿Por qué vivir lo vivido? Es una pregunta difícil de contestar porque no hay una misma respuesta para todos, como tampoco la hay para cada uno en exclusiva. Cada uno de nosotros en un momento y una situación puede actuar en consecuencia de su experiencia y de su forma de ser, puede evitar en lo posible vivir algo semejante a lo ya vivido o bien vivirlo de nuevo. Es ese instante de ahora el que te da la libertad de escoger.

7 de noviembre de 2007

LOS RETOS DE LA VIDA


La vida nos sorprende de vez en cuando con acontecimientos inesperados, a los que tenemos distintas formas de responder, todo depende del tipo de acontecimiento. Si es agradable, sorpresivo y sin consecuencias, pues perfecto, pero la cuestión se plantea en el momento en que lo inesperado va desencadenando situaciones diversas, sentimientos variables o cambios de costumbres.

Hay distintas posiciones en esos períodos de alteración, uno de ellos es cuando nos cuestionamos el por qué de las cosas, nos cuestionamos también si el hecho de que sucedan tiene sentido, o si la casualidad existe o no existe, es decir, se inicia una retahíla de preguntas e interrogantes que irán surgiendo según sea la manera de ser o la necesidad de respuestas, de cada uno.

Mi propósito, al centrarme en el hecho de hallar respuestas a nuestros interrogantes ante lo inesperado de la vida, es si la casualidad existe o no.

Yo me he hecho, en los últimos tiempos, muchas veces esa pregunta sobre la casualidad. Por distintas influencias, definiciones o creencias tiendo a pensar que la casualidad no existe. Lo cual me parece tremendo, porque si la casualidad no existe, entonces nuestra vida está “predeterminada”, y si es así, es lógico pensar que hagamos lo que hagamos no sirve de mucho.

A veces, tenemos como la sensación de que independientemente de lo que hagamos, lo que tiene que suceder, sucede. Sin más. Sin saber cómo ni de qué manera, las cosas suceden. Hay como un cruce de situaciones inesperadas e imprevistas que provocan impensablemente unos determinados sucesos.

Si las cosas y los hechos no suceden por casualidad ¿qué sentido tiene que la vida nos ofrezca o nos dé a vivir una u otra situación?
¿Cómo es posible que suceda tal hecho o tal coincidencia ante una situación quizás infrecuente en nuestras costumbres diarias?
Y así comienza todo un itinerario de inquietudes, de interrogantes, de preguntas y suposiciones de las cuales nunca hallaremos una respuesta clara y única, porque no hay lugar de comprobación, ni pruebas concisas que nos demuestren nada. Es labor de cada uno desmenuzar el sentido, el propósito o las causas de lo sucedido.

Por experiencia vivida creo que los sucesos en nuestra vida, cada uno de nosotros le proyecta un fin determinado, que no necesariamente es el fin que la misma vida nos tiene (parece ser) reservado, lo cual provoca que aparezcan las preguntas y los interrogantes, incluso más cuando detectamos que, independientemente de esa no-coincidencia entre lo esperado y la realidad, nos provoca ciertos cambios, alguna modificación o alguna alteración en nuestro día a día, en nuestra forma de ser.

Pongamos algunos de los ejemplos más típicos: un amor no correspondido, un trabajo laboral ingrato, la pérdida de un ser querido, un malentendido, un encuentro, un accidente… Son cambios o sucesos a veces bruscos, inesperados, que dan a nuestra vida giros e inestabilidades. Con el pasar de los días, comienza un proceso de readaptación y vamos percibiendo que nuestra vida ha sufrido alteraciones, cambios quizás de pequeñas cosas, modificación de ciertas costumbres… y en otros casos son motivo de cambios radicales. Todos ellos, impensables con anterioridad a lo sucedido, quizás porque nosotros no habríamos tenido ni la fuerza, ni la valentía para ejercitar ese cambio o para liberarnos de ciertas ataduras y muy posiblemente ni se nos habría ocurrido la posibilidad a la que ha dado lugar.

Si la causa es dura y difícil en nuestro ánimo y en nuestra vida, al principio sólo experimentamos el dolor que nos provoca el cambio o la pérdida, pero quizás pasado el tiempo nos damos cuenta que ha sido necesario aquel suceso y, que lo sucedido, ha sido el detonante para despertar en nosotros esas otras posibilidades no previstas o aletargadas.

Nuestra postura delante de la vida, a partir de esos sucesos, muchas veces, depende de donde nos quedamos atrapados. Si lo hacemos desde la pérdida, desde la insatisfacción, desde el dolor, la vida se convierte en hastío, tristeza y depresión. Sin embargo, si pasado el momento de impacto, calmadas nuestras rebeldías y nuestra oposición, aceptamos e intentamos buscar, a nuestra manera, a nuestra forma o en la medida de nuestras capacidades, el significado de lo ocurrido, ver lo positivo y seguir con nuestra andadura, es muy posible y con bastante certeza, que encontraremos alguna respuesta, algún sentido y asumiremos el cambio en nuestra vida, hallando un significado a nuestros por qué iniciales. Bien es cierto que las cosas no siempre son agradables y fáciles, y que si previamente nos hubieran dado a elegir, ni remotamente hubiéramos escogido el cambio, pero una posición optimista, abierta, o mínimamente de aceptación ante los sucesos, nos permite descubrir rasgos, matices e incluso avances en nosotros y en nuestra vida. Quizás no sean grandes cambios, ni sean grandes hechos, pero la vida no está hecha de maravillosos eventos y giros espectaculares, sino de pequeños instantes que llenan, nos hacen caminar y dan sentido a nuestro existir.

Si la casualidad no existe, significa que hay una cierta determinación en nuestro camino, pero al mismo tiempo me parece que, sí está en nuestras manos, en nuestra disposición, el coraje, la fortaleza, el valor y la voluntad de asumir los retos que la vida nos impone y es a través de las distintas vicisitudes de nuestra vida, que nuestro ser se va encontrando en el camino, aquello que le permite modificar y encaminar su destino. No sé si predestinado o no.

4 de noviembre de 2007

AHORA

Ahora. El ahora es el momento más importante de nuestra vida, porque el ayer es algo que ya pasó y el futuro no existe. El ahora es nuestra mayor riqueza.

¿Pero qué sucede? ¿Por qué no somos capaces de vivir el momento presente como algo único y especial?

Para mí la respuesta es bastante sencilla. Cuando se habla de la vida, de la existencia, siempre se suele decir o solemos oír que hay que mirar al horizonte, siempre hacia al frente, hacia lo que nos aguarda y que a su vez desconocemos. Esa esperanza y esa vida que nos espera es la que nos ha de empujar a mirar hacia delante, hacia lo que nos aguarda.

El presente es lo único que tenemos, es de lo único que libremente podemos disponer en este instante, pero este ahora es un tiempo que lleva consigo el rastro de otros momentos, de otros ahoras que ya pasaron y que no podemos cambiar. Es evidente que ahora somos la consecuencia de nuestro ayer e indiscutiblemente ese ayer dejó en nosotros sus huellas, sus marcas, sus heridas y sus pasos, muchos de ellos imborrables y algunos otros posiblemente imperceptibles, es decir, que de algunas cosas puede que no seamos conscientes de sus huellas, pero están ahí, dentro de nosotros, y de una forma u otra influyen, modifican y está claro, que condicionan y determinan nuestro presente, nuestro ahora.

¿Qué es lo que podemos libremente disponer de nuestro presente?

Cada uno de nosotros tiene una forma de ser, unos criterios, unos códigos propios, una especie de pautas de conducta, de pensamiento, de juicios o de sabiduría que adquirimos en el propio transcurrir, en el pasar del tiempo y a través de distintas fuentes. La libertad del momento nos ofrece la posibilidad de modificar o cambiar algunos de los criterios que integran nuestro ser y continuar con los que nos parecen correctos, el ahora nos permite, en cierta forma, volver sobre esos pasos de conducta y de pensamiento que por un motivo u otro sabemos o intuimos que son como escollos en nuestro caminar. Sabemos y conocemos lo que hay en nosotros, esas tendencias a ser de una manera u otra, porque cada uno es singular, individual. La libertad de este ahora nos da como la oportunidad de mejorar y/o cambiar estos matices de nuestro ser y sino podemos cambiarlos por lo menos sí aceptarlos.

Por eso, también yo creo que debemos mirar hacia el horizonte, aprovechando la oportunidad de este momento. Aunque reconozco que en ocasiones, es necesaria una gran dosis de optimismo, de aceptación y de positivismo en acoger y disponer de este instante presente, sea del color que sea, cueste lo que cueste y nos dé lo que nos dé. Y por supuesto una gran fuerza de voluntad para cambiar aquello que queremos cambiar.

Creo que una buena forma de hacerlo es acogiéndose uno a si mismo, con sus lastres, sus virtudes, sus defectos y sus buenas proposiciones y mirar siempre adelante.

1 de noviembre de 2007

TEMPUS FUGIT


El tiempo vuela y gracias a Dios que es así. El tiempo en su transcurrir va llevándose nuestra vida y con ella lo vivido: nuestro pasado. Aquello que ya no podemos cambiar y de lo que tan sólo nos quedan algunas huellas, algunos trazos que guardamos cuidadosamente en nuestra memoria como grandes tesoros o enormes lagunas.

Somos lo que somos por lo que hemos vivido, por cómo lo hemos vivido y de la forma en que lo vivimos. A veces decimos que iniciamos un nuevo día y puede ser verdad, quizás cambiemos algunas cosas o quizás le demos la vuelta a todo, pero realmente no empezamos nunca desde cero, venimos de un ayer y tenemos ya una forma, una estructura. Creo que se puede decir que, incluso en el momento de nuestro nacimiento, de una manera u otra, llevamos algo que nos antecede, y no me refiero tan sólo a nuestro período de gestación, sino también, al de nuestro origen con las huellas de nuestros predecesores.

El tiempo vuela y lo bello de ese volar es que sintamos que hemos vivido, que aquello que ha existido y existe en nosotros, bueno o menos bueno, es la propia vida, una vida que nos ha hecho vibrar, que ha dejado su paso y que nos permite sentir viva la vida. Nuestros buenos momentos se irán almacenando en nuestra memoria como grandes tesoros y los menos buenos como enormes lagunas. Y es humano que ello permanezca en ese baúl de los recuerdos, la diversidad de los momentos nos permite valorar esa vida que se nos da.

En cualquier caso, aunque el tiempo vuele, eso no es lo más importante, lo que realmente alberga mi corazón es saber que he vivido, que vivo y que todavía me queda todo el resto de mi vida por vivir. No importa el balance, no interesa saber si hay déficit de tesoros o excedente de abismos, lo válido es que ambos dejen su paso.