31 de diciembre de 2007

YO SOY

Hay algo fundamental, básico, inherente, propio, singular en cada ser humano y es el YO. El YO que SOY.

La parte primordial, básica y más elemental es saberse uno mismo. Saber que su lugar en el mundo no depende tanto de las facilidades o precariedades que el entorno y los miembros más cercanos ejercen o disponen en él, para él y sobre él -que sí merecen y tienen su importancia- sino responder, sentir y vivir esa influencia en función de lo que uno es y hasta donde uno se conoce. Soy un YO y como tal poseo un centro, un eje propio que es el que debo indagar, conocer y familiarizarme con él. Ese conocerse, ese saberse, permite ser y responder desde ese receptor principal que YO soy y que YO conozco.

El YO de cada uno es la existencia de cada ser, es el saberse de cada uno y en la medida de lo posible debería conocer ese ente propio que me caracteriza, que me compone como ser singular, que posee unas características propias y unas peculiaridades que me distinguen de cualquier otro. Conocer ese Yo, no tanto en el sentido del lugar que ocupo a nivel familiar y laboral, ni tampoco desde la posición que pueda tener en la sociedad, el poder adquisitivo del que dispongo… no son tanto los espacios exteriores los primordiales como ese conocimiento interior, esa base sobre la cual se sustenta y recae todo lo demás.

Hay personas que viven siempre queriendo agradar a los demás, intentando llegar allí donde los demás están, desear lo que los otros tienen, caminando siempre hacia una búsqueda, una búsqueda que no nace de uno mismo, que no es la propia, que no es la mía, sino el reflejo del otro, de otra vida, de una sociedad que nos dirige, soy reflejo de una meta que es ajena, pero lo hacemos propio porque no nos conocemos, no nos vemos como realmente somos, no sabemos lo que queremos, deseamos o aspiramos, no hemos estudiado el conocimiento de nuestro yo, de lo que yo soy, no nos sabemos de forma consciente, de forma propia y por eso nos dejamos llevar.

Saberse uno a si mismo, es conocer su esqueleto, su estructura, sus fundamentos y ver en que medida el exterior nos afecta, saber la influencia que ese exterior ejerce en y sobre nosotros. Nuestra respuesta, nuestra expresión ha de surgir de un interior mínimamente estable, de un conocimiento lo más cercano posible, lo más real que podamos. Si ese centro, si ese eje está descentrado, es desconocido, cuando lo del entorno falla, cambia o varía, nuestro yo pierde su poca consistencia, su mínima estabilidad, se desequilibra y se resiente de tal forma, que entonces perdemos nuestro propio rumbo, nuestro sentido de ser.

Todos sabemos que eso es realmente complejo porque las influencias exteriores y las incursiones ajenas son infinitas, pero acercarnos al Yo que soy da seguridad y aminora muchas de las experiencias y altercados de la vida, el darnos cuenta que ciertas situaciones nos afectan profundamente no significa que las aislemos sino que sepamos hallar otra forma de vivirlas, de entenderlas o de verlas. Saber que ciertos ambientes nos deprimen o ciertas personas nos alteran, podemos intentar evitarlas o simplemente al detectar su cercanía probar de afrontarlo con otra actitud… Conocer esas características propias evita posibles bandazos que ahora nos hunden y nos abisman cuando lo de fuera ejerce su influencia incontrolada en nosotros.

Si uno tiene el máximo conocimiento de si mismo, sabe cuales son sus puntos débiles, sabe cuando puede permanecer en una situación sin que sus fundamentos se derrumben o cuando debe alejarse porque el derrumbe le puede arrasar también.

Conocer mi YO no es imponer, no es abusar, no es forzar… es hallar la armonía de mi lugar en el mundo y con el mundo.

25 de diciembre de 2007

SÓLO REFLEJOS


Figura en el agua
Imagen en el espejo
Espejismo en el desierto
Reflejo de lo otro
Destellos de otra realidad.

Sólo son reflejos
Sólo espejismos
Sólo una pueril ilusión
Sólo un ingenuo sueño
Tan sólo un delirio.

Reflejo es la vida, mi vida
De lo ajeno reflejada
Exclusivo espejo de la realidad
Imagen desfigurada de la nada
Agua enturbiada de pensamientos.

No hay realidad en el reflejo
Todo es pura quimera
Todo es ensueño de la mente y el corazón
Todo es vana ofuscación
Todo es ilusorio reflejo del sentir.

23 de diciembre de 2007

LOS OTROS

Los otros. Todas las personas que rodean al yo que yo soy, son los otros. Los otros son para cada uno lo distinto, lo especial, lo ignorado, lo vulgar, lo cercano, el indiferente, el amado, la seguridad, el miedo, el amigo… el otro es alguien que está o puede estar cerca y que generalmente desconocemos o conocemos mal.

Un día cualquiera, cuando nuestros instantes se cruzaron, recibimos una impresión o simplemente les conocimos y nos limitamos a encasillarlos bajo el rótulo que nos pareció en aquel momento y quizás nunca más nos detuvimos a verlos de otra forma, a entenderlos de otra manera, a comprenderlos como quizás realmente podía ser.

El yo que soy, cambia en el transcurrir de los días, evoluciona, vive, siente, camina, tropieza, cae y se cruza con otros más, pero aquel que conocimos un día, aquellos con los cuales nos rodeamos más comúnmente, ese grupo heterogéneo, desigual, múltiple y diverso, en medio de los cuales, ese yo que soy, pulula un día y otro, descubre que así como yo no soy el mismo de hace unos años o simplemente no soy como me encasillan, esos otros tampoco lo son, tampoco son la primera vista, también han sufrido cambios, también han evolucionado, también son distintos a aquellos que un día conocimos, pero la cotidianidad nos ha inducido a verlos como aquellos primeros días, a mirarlos con la etiqueta catalogada, no nos permitimos ser perceptibles a los cambios, a la evolución, a la progresión, y de pronto, ahora, en este instante, sin saber cómo ni por qué, descubrimos que es distinto, lo miramos de otra forma, lo vemos de otra manera, se nos hace presente que no es lo que yo creo que es o lo que me ha parecido ser.

Los otros, ese grupo de personas con los que tenemos cercanía, asiduidad, monotonía, regularidad en un momento le descubrimos nuevo porque una situación distinta, una palabra diferente, nos hace ver que las personas que nos rodean no son aquellos que ya “conocemos”, no son aquellos que ya “sabemos”, no son lo que creemos que son. Evidentemente no es el grupo en sí, ni siempre es o ha de ser así, pero el simple hecho de descubrirlo en uno de ellos, de equivocarnos en uno de ellos, nos puede hacer recapacitar sobre la forma en que tan fácilmente catalogamos a los otros. Estos espacios de descubrimiento, de cambio, de encuentro, dejan paso a un nuevo encuentro, a una nueva cercanía, a un nuevo descubrir, a un sentir de bienestar, a un estar a gusto, a un encontrarse bien con la compañía de los otros.

En esas épocas de nuestra vida que nos sentimos rodeados de invierno y de oscuridad, los otros surgen como una especie de remedio natural, son curativos a nuestro caminar y en esos espacios de reencuentro, sin entrar, sin determinar, sin explicar, ni sin contar… sólo siendo sensibles y perceptibles a los otros, descubrimos como el valor y el nuevo sentido que encontramos son alivio a nuestra propia pesadumbre.

A todos los otros, que me rodean, a los ignorados, desconocidos, inciertos, anónimos y ocultos espero que tengamos la oportunidad, la buena suerte de encontrarnos en esos espacios de encuentro y de reencuentro donde de verdad nos vemos tal cual somos y no como nos encasillamos.

22 de diciembre de 2007

SOY TIERRA, TIERRA ABIERTA

Soy tierra, tierra abierta,
sin dejar que la semilla muera
arrancada de cuajo al primer brote.
Nada le dejan. Nada queda.

Todo es despojado, todo es extirpado,
antes de crecer, antes de arraigar,
antes de brotar sus ramas,
antes de ofrecer vida.

Y la tierra pierde el abrazo
de lo abortado al nacer,
de la semilla vapuleada,
de la raíz tristemente extirpada.

Y la tierra llora en su adentro
la vida que no pudo ser,
el alma que no pudo dar,
el abrazo que no consiguió abrazar.

Y la tierra queda abierta,
resta al intemperie,
presta de pies y garras
que la crucen y la pisoteen.

Soy tierra, tierra abierta.
Bellos adentros, eterno caudal
vacío tu seno, amoroso tu regazo.
Tierra fértil. Tierra abandonada.

21 de diciembre de 2007

CAE LA LLUVIA

Tímidamente cae la lluvia,
pequeñas gotas calladas,
sin hacer ruido,
sin ahogar,
sin hablar.
No se atreven a interrumpir…
la gran tempestad.

La lluvia cae con timidez,
y con su presencia acoge,
acompaña, oculta.
Es un nuevo y eterno invierno.
Es un viejo y conocido caminar.
Es el frío y la nada, noche y tinieblas.
La oscuridad... el vacío.

Son mis adentros ocultos…
donde mi alma llora en soledad.

19 de diciembre de 2007

ALGO SE ROMPE, SIEMPRE

Algo se rompe
SIEMPRE.

Aunque acepte,
aunque comprenda,
aunque entienda,
aunque acoja...

SIEMPRE
algo se rompe.

El aceptar, el comprender,
el entender, el acoger
no significa sentir,
no alberga el vivir,
el alma no atiende
el corazón no piensa,
el anhelo pervive,
el deseo sigue encendido.
Y en ese sentir y vivir,
y en ese caminar y caer,
y en ese reír y llorar
algo se sigue rompiendo.

Algo se rompe,
SIEMPRE.

18 de diciembre de 2007

MUY EN EL FONDO

Muy en el fondo, con el paso del tiempo y ya cuando nuestro camino tiene un cierto recorrido nos damos cuenta que por muy rodeados que estemos, por mucha gente que encontremos a nuestro alrededor, por muy llenos que estén nuestros días, existe una incertidumbre, hay alguna turbación, alguna duda, algún sentir, alguna inquietud, una cierta intranquilidad... algo que se aloja en nuestro más recóndito interior y aunque no seamos o no sepamos ser conscientes de ello sí percibimos su ruido, un rumor, una especie de alteración del alma que subyace en lo desconocido de nuestra conciencia consciente, de nuestro sentir y de nuestro vivir.

Existen ciertas intranquilidades, intuimos ciertas inseguridades, unas zozobras, que no sabemos exactamente definir, no conocemos su procedencia, ni su origen. Nuestro estar en sociedad, ese sentirnos incluidos en el entramado colectivo, no nos da respuesta, ni calma, ni acalla esa especie de crujir que se esconde dentro.

Podemos tener amigos, compañeros, conocidos... y mucho más cercanamente nuestra familia e incluso alguien tan próximo como nuestra pareja... deseamos quizá abrirnos, encontrar de donde proviene ese ruido, ese runrunear interior, anónimo... ese querernos completar, encontrar, hallar ese algo, que realmente no sabemos. Quisiéramos descubrir, quisiéramos conocer... pero ¿qué es lo que nos inquieta? ¿qué nos causa el ruido? Hay una parte en nosotros desconocida, como oculta también a nosotros mismos, porque no es una falta económica, no es una inestabilidad, tampoco es asunto de relaciones, de compañeros, de amigos, de posesión o conocimiento... es... un encontrar, es un hallar ¿pero qué? ¿Qué debemos hallar, que nos falta, que nos intranquiliza?

Y es que nada, ni nadie está completamente en y con nosotros.

Venimos al mundo en un cuerpo, un cuerpo que es como un todo hermético, un cuerpo que lleva en sí un alma y a través de ellos cruzamos estos parajes de la tierra en donde nos relacionamos, donde compartimos, donde intercambiamos, desde una posición siempre única, la nuestra; desde un lugar siempre solitario, el nuestro; porque en ese todo hermético, en ese todo íntegro que nos forma, nos conforma y nos distingue unos de otros, no hay posible inclusión del exterior. Sí hay un exterior que nos modifica, que nos altera, que nos complementa, que nos asiste... pero todo lo que proviene de ese exterior hacia ese todo que somos cada uno de nosotros, todo y todos son pasajeros en nuestra existencia.

Nacemos solos y vamos desarrollando las distintas etapas de la vida, infancia, niñez, adolescencia, adultez e incluso vejez, y muy posiblemente a lo largo del tiempo encontramos una o más personas con quien acompañar nuestra vida y con las que supuestamente existen unas afinidades que nos permiten una cercanía y un compartir en un sentido mucho más íntimo, más hondo, más entrañable y mucho más personal. Pero en determinados momentos, en ciertas épocas de nuestra vida nos retorna esa inquietud, de nuevo aparece ese ruido de fondo, ese regomello que no sabemos exactamente a que se debe, ni conocemos que es, ni cual es su origen, sólo sentimos que está ahí, en ese fondo de nuestro interior y que hace su aparición inquietándonos, alterándonos. Nadie es capaz de compartir esa parte de sí, no es que no se quiera, es que se desconoce, sencillamente lo sentimos enraizado, arraigado, tan formando parte de ese todo, que es intrínseco a nuestro ser, está ahí en lo hondo, muy en el fondo, es ese sentir que nos lleva siempre y sin descanso.

Nuestra familia nos acompaña un buen trecho, amigos con los que compartimos a veces gran parte de nuestra vida, lazos que consideramos como inherentes, como propios de nuestra vida, y sin embargo un día los encontramos en nuestro camino y en el recorrido los iremos dejando, también nuestra pareja, nuestros hijos y todo aquello que hemos encontrado y que nos ha sido regalado para ser vivido durante un tiempo. Cuando llegue el final de nuestro camino nos iremos como vinimos, solos, acompañados tan sólo de nuestra alma y de todo aquello que ella haya vivido y sentido, pero sin nada del exterior.

Nos sentimos morir cuando perdemos un amor, nos sentimos desfallecer cuando se nos va un ser querido, quisiéramos desaparecer cuando la vida nos maltrata, no queremos apartarnos de los que amamos, no queremos soltar lo que poseemos… pero hay que hacerlo, hay que soltar y hay que cambiar y a pesar de todo, sin saber cómo seguimos andando, seguimos los pasos de la vida, sin ganas quizás, sin deseos… pero seguimos, algo nos empuja a seguir y en ese caminar reencontramos nuevas ilusiones, nuevos amores, se presentan nuevos deseos, nuevas vivencias y la vida nos ofrece nuevos seres a los que conocer y amar y en todo ese ir y venir de acontecimientos, de cambios, de trasiego algo sigue estando siempre ahí, algo hay que nunca nos abandona, algo que nunca nos deja, algo que siempre está presente… es nuestro ser, nuestra intimidad, nuestro sentir, nuestro ruido, nuestra alma y nuestra más bella compañía desde el día en que fuimos arrojados al mundo: nuestra vida.

Tantas veces nos sentimos solos, tantas veces nos sentimos olvidados, tantas veces nos vemos apagados y tristes, ocupados en el tener, en el poseer, en el conseguir… y la verdad es que todo en la vida lo vamos dejando, lo vamos soltando porque así es la vida, todo se queda en el camino excepto nosotros mismos. Porque en verdad la vida, nuestra vida se termina cuando nos vamos, cuando ya hemos andado todo nuestro camino. Por eso la vida hay que vivirla sin posesionarnos de nada, en la vida hay que ir soltando para recibir de nuevo, los días hay que vivirlos, sin más. Todos y cada uno de nosotros nos encontramos, convivimos y compartimos, pero vinimos solos y nos iremos solos también. Nuestra más fiel compañía la tenemos en nuestro interior, en nuestra capacidad de gozar, de sentir, de vivir, de amar y experimentar la misma vida, nunca en nuestra posesión con lo de fuera.

Posiblemente deberíamos empezar a ser conscientes de lo frágil y pasajero que es todo en la vida, todo es ocasional, todo es transitorio, fugitivo, fugaz, incluso ese ser que puede compartir 30, 40 o 50 años de vida en común, un regalo realmente hermoso de la vida, pero también esa misma vida nos lo quitará al igual que un día nos lo dio.

Hasta que no nos demos cuenta que lo único que permanece siempre, somos nosotros mismos, andaremos sufriendo la pérdida, el alejamiento o el olvido de lo externo y de lo ajeno. La felicidad, la paz, la conciliación, el descanso de nuestros ruidos, de nuestras inquietudes sólo puede hallarse y apoyarse en uno mismo, en aquello que siempre está y permanece con nosotros, nuestro interior, nuestro sentirnos bien, nuestro aceptarnos y nuestro encontrarnos aunque sea muy en el fondo.

16 de diciembre de 2007

LA AÑORANZA

Momentos de añoranza. Momentos en que recordamos algo que ya no tenemos, alguien que no está, vivencias de atrás, sentires del pasado, días de antaño.

Es cierto que no podemos y no debemos quedarnos anclados en el pasado, en lo sucedido, en el ayer, pero el ser humano, este ser del presente, es también un baúl de recuerdos, un puñado de deseos, un manojo de anhelos, una aglomeración de pensamientos. El hombre es un todo complejo, un fajo de vivencias y sentimientos, un ente complicado y desconocido, en el cual los días se suceden barajando todo ese caudal de “posesiones” que nos forma, que nos constituye, y en este ahora, en este instante presente, surge lo imprevisto, quizá lo buscado o posiblemente lo deseado de algo que ya pasó.

Que maravilloso sería saber mantener en nuestro momento de ahora lo agradable, lo bello y lo posible de este instante, que es nuestro presente; pero la realidad no es así, sentimos la añoranza de aquello que ya pasó, de aquello que ya vivimos, de aquello que un día sentimos y que quisiéramos mantener en una especie de eterno presente, por eso surge y aparece la añoranza. La añoranza, no siempre se viste de tristeza o de pesadumbre, sino que rescatamos y hacemos presente lo que en este presente ya no está.

Cualquier definición de diccionario nos dice aproximadamente que la añoranza es “Nostalgia o sentimiento de pena que produce la ausencia, privación o pérdida de una persona o cosa muy querida”, y es válida esa definición, pero creo que podría ampliarse, extenderse en un sentido también más positivo, más desarrollado, más dilatado. Añoranza no siempre debe tener ese tono nostálgico sufriente o sentimiento de pena de algo que se perdió o de lo que estemos privados, también podríamos interpretarlo como una sensación de gratitud, de plenitud, porque aunque añoremos algo del pasado, podemos añorarlo con alegría, con ternura, por su pletórica vivencia, algo que vivimos y que nos llenó de ventura el simple hecho de haberlo vivido, de haberlo tenido; quizás tuvimos una infancia alegre y feliz, fuimos queridos, amados y aceptados en nuestro entorno y evocamos aquella vivencia con hermosa añoranza, pero es más un recordar lo vivido, un sentirnos agradecidos por lo vivido, que no una necesidad o una triste privación. Quizá el haber tenido una amistad o haber vivido un amor, algo hermoso cuando se vivió, cuando se sintió, pero que ahora quizás no tendría cabida en nuestro presente, o no tendría sentido. Añoramos aquellas sensaciones, aquellas vivencias pero con afecto, con agrado, con cierta paz y alegría por haberlas sentido y vivido. Rememoramos, revivimos.

La añoranza, no es un sentimiento que deba ser siempre de pena. La añoranza es una parte de nuestro ser de ahora, algo o alguien que fue presente, que se manifestó en un pasado más o menos lejano, quizás fue simplemente ayer, pero agrandó nuestras miras, amplió nuestra experiencia de vida, ensanchó nuestra capacidad de sentir, de comprender, de entender, de vivir la hermosa presencia de la misma vida.

Cuando la añoranza se viste de presencia en el ahora, no siempre debería ser con triste nostalgia o penar, la añoranza puede ser el revivir de otros momentos felices y gratos que nos asisten en este instante, porque no podemos borrar lo que habita dentro de nosotros, no podemos obviar lo que hemos vivido, simplemente hemos de intentar que nada de lo que tenemos en nuestro interior ocupe más espacio del que le corresponde o suplante otros infinitos integrantes que son los que nos forman y ahora son presente.

La añoranza pues, no es necesariamente una privación que nos desagrada o nos hace sufrir, nada en nosotros tiene porque ser negativo cuando somos capaces de equilibrar, en la medida de lo posible, todo nuestra integridad de ser. La añoranza es una riqueza más de nuestro sentir.

14 de diciembre de 2007

ELEVAR UN TEMPLO... A LA FUENTE...



elevar un templo
para consagrar
la fuente de donde mana
la irracionalidad
de los sentimientos
de las emociones
de los impulsos



26.11.2007
http://arkhentropia.blogspot.com/


Me presto estos versos del blogosfera Curricán y a partir de ellos, expresar lo inexplicable que me inspiran. Me parecen tan incitadores, tan bellos, tan inspiradores, pueden llegar a ser tan sensiblemente íntimos, tan mágicos… que rompo el límite de lo establecido y abro las puertas a la fantasía, al sentir, al manar de esa fuente oculta, doy rienda suelta a la irracionalidad que un sentir puede llegar a vivir en su mismo sentir.

La fuente, es para mí, ese latir alocado, impetuoso, irreflexivo e impaciente que palpita en el corazón, que se aloja en el alma y que discurre en la sinrazón de nuestros pensamientos. Es fuente sin caño y sin cauce, es un manantial libre de todas las manipulaciones humanas que sólo sirven para encorsetar con pautas exteriores la expresión y la vivencia del ser. La fuente… una composición musical de sentires, mares sin costas, bosques sin lindes. La fuente... nacimiento de lo irrazonable, expresión de libertad cuando la razón del hombre no hace acto de presencia. Todos tenemos esa fuente dentro de nosotros, a todos nos puede cubrir ese mar sin costas, ese bosque ilimitado, por eso lo irracional, lo disparatado, lo insensato, lo absurdo, lo extravagante, lo ilógico, lo descabellado, que nos permite la locura de la extrema libertad del sentir, del pensamiento, de la impulsividad… todo aquello que no cabe en la realidad, todo lo que no se permite en la sociedad, todo lo que no asemeja al método, a la cordura, a la razón...

Hay que “elevar un templo” a esa fuente, hay que evitar por todos los medios la presencia de la razón, de las pautas, de las normas, de los cauces dirigidos, porque en ese libre emanar de las emociones se expresa lo divino que hay en nosotros, lo misterioso, lo inefable, lo indecible… es la manifestación de lo increado, es la expresión de la vida, es el arco iris de nuestro corazón, donde todos los colores tienen cabida y expresión. Todo es nuevo, todo es mágico, es presencia, fuego naciente, tornado en el desierto, vehemencia de ahora, efusión del sentir… Todo es impacto y fuerza de vida. Todo es pura y auténtica creación.

En ese fluir constante de la fuente de nuestra irracionalidad, surgen impetuosos sentimientos, incorpóreos, inmateriales, íntimos, la esencia de nuestra vida, la naturaleza de nuestro ser, la manifestación de esa hondura nuestra que es la libertad de la misma vida que nos asiste, que nos vive y que nos contiene en todo su sentido, es la meta y el objetivo que da colorido a nuestro ser, a nuestro estar en este mundo.

Somos fuente de nosotros mismos, somos origen de donde mana nuestro sentir. Cuando la vida nos permite fluir todo ese caudal, nos emocionamos ante cualquier expresión, ante cualquier hecho, ante cualquier vivencia o manifestación de la misma vida… es una fuente que ella misma se otorga la vida si la dejamos manar, brotar y salir; su cauce, su recorrido es el sentimiento, es la pasión, es el vivir, un vivir que surge de dentro, es un vivir que se alimenta y se crece de nosotros mismos, con nosotros mismos, es una vida que tiene su sentido porque está dentro de nosotros.

Una fuente, una emoción, un sentimiento y todo el impulso que su propio correr nos da. Si cerramos esa emanación, si cortamos ese correr de los días, ese sentir de dentro, la fuente se dispersa, la fuente se seca, la fuente deja de manar, de fluir, de correr y de saltar. Demos paso a la irracionalidad, dejemos libre el camino de normas, leyes y pautas establecidas y que la fuente mane libremente a lo largo del camino, lugar de paso de otros cauces, de otras fuentes, de otros ríos, de otros caminos… lo irracional en libertad, la libertad de la vida, la libertad del sentimiento, la libertad de la chifladura.

Esos espacios de vida, de libertad, de emociones y sentires se asemeja a la erupción de un volcán y su emanación puede arrasar toda realidad, toda cordura del momento. La caída libre posterior dependerá de la pasión y fuerza de cada uno. En distintas ocasiones, volver a la realidad resulta triste, gris, pero esos espacios dan más vida, muchas veces, que la materialidad de la existencia.

Que cada uno escoja su mejor versión de vida, pero para mí es indudable que la riqueza de esas experiencias, de esas vivencias locas, pasionales, emotivas, irracionales, extravagantes... quizá fantasiosas y pérdidas de tiempo para muchos, son expresiones también de la misma vida pero en un sentido distinto, diferente, revelador, elocuente y con gran vehemencia en muchos instantes. Simplemente son otros espacios de vida, especiales y peculiares del sentir.

Elevemos un templo a esa fuente de donde emana esa otra vida que nace también del sentir más irreal:

elevar un templo
para consagrar
la fuente de donde mana
la irracionalidad
de los sentimientos
de las emociones
de los impulsos


GRACIAS POR ABRIRME LA PUERTA DE LA INSPIRACIÓN Y DE LA FANTASÍA.

11 de diciembre de 2007

LA SED DE AMAR Y VIVIR

Existe una sed, que no podemos tal vez nunca saciar, es la sed de AMAR y VIVIR.
Jorge Iván Carvajal

En un principio me pareció quizás algo exagerada esa expresión del Dr. Carvajal, a pesar de haberlo vivido ya en el pasado. Ahora sin embargo, me doy cuenta de nuevo, que esa necesidad aparece y reaparece a lo largo de la vida. El pasado siempre lo recordamos como diluido, como más suave, quizás con menos peso, pero cuando los hechos se repiten, cuando el sentir se asemeja, entonces el presente surge como más grande, como superior y más dramático.

La sed de Amar, la sed de Vivir, la sed de dar sentido a la vida, es una necesidad tan acuciante, tan asfixiante que te quema por dentro de tal forma que no hay substitutivo que la puede saciar. La vida es en esos momentos un torbellino de búsqueda, de espionaje, de indagación, de sondear el entorno, de investigar… es necesario hallar la forma o el medio de aminorar esa sensación de ansiedad, de ahogo, de asfixia, de necesidad imperiosa.

El transcurrir de la vida te da experiencia y me doy cuenta que esa sed, esa imperiosa necesidad de sentir, de vivir, no tiene edad, ni lugar, ni fecha… siempre está en activo. Las actividades o facilidades para calmarla y saciarla disminuyen con la edad, porque las situaciones no son las mismas en la adolescencia, en la juventud, en la adultez o en la vejez, pero también es cierto que la misma edad te da una cierta experiencia y libertad de movimientos que pueden facilitar la búsqueda.

Hay que buscar, hay esa necesidad de desafiar la incertidumbre, la ignorancia, el desconocimiento, ese vacío, esa oquedad que uno experimenta dentro de sí.

Mi momento de ahora está en ello, y con la más absoluta sinceridad siento terror y pánico a los cambios radicales, sobre todo cuando ya se han sucedido varias etapas de la vida, pero siento que la vida me empuja a la búsqueda de sentido, me obliga a encontrar un nuevo horizonte, una nueva meta. Pero… sin saber nunca hacia donde, ni como, ni de que forma.

Es simple y llanamente la pasión de vivir lo que en verdad nos empuja.

9 de diciembre de 2007

SIN ROMPERTE Y SIN ROMPERME

Nunca sabremos cuando nuestro hacer puede romper otro hacer, otro sentir u otro ser. Nunca sabremos cuando otro hacer puede romper nuestro hacer, nuestro sentir o nuestro ser.

La vida nos conduce por caminos insospechados, por trayectos inesperados, por rutas desconocidas y sin saber como nos cruzamos con personas singulares, con personas que nos resultan especiales, con seres entrañables y únicos en nuestra vida. No sabemos como ha sido posible, en que instante ha ocurrido, pero nos damos cuenta que la distancia del desconocimiento se acorta en un instante, la cercanía se amplía con intensa brevedad, nuestro inicio nos parece ya una eternidad, o quizás es que nunca existió ni la distancia, ni el desconocimiento.

Cruces de caminos, de poca salvedad en algunos casos, pero abismos en otros muchos. Abismos que deben “obligatoriamente” ser salvables. No fue conocer, no fue empatizar, no fue tan sólo encontrar, sino que sin saber como se sintió nacer y enarbolar el sentir del alma y el latir del corazón, la necesidad inesperada del otro y la imposibilidad del compartir.

Un encuentro inesperado, un impacto súbito y casual. Una cruda realidad de ser simplemente un encuentro en el que repentinamente nos hemos visto implicados, envueltos, agarrados, atados… y hay que soltarse. Guardar lo bello. Mantener la esencia de ese enarbolado corazón que palpita con sólo el pensamiento de lo imposible. El deseo del bien y la verdad que habita en nuestras vidas desea encontrar el medio, la forma de mantener un latido… sin romperte y sin romperme. Pero el alma poco entiende de verdades y de bienes, el corazón desconoce las fidelidades y honestidades, pero vivimos en una realidad donde lo establecido marca pautas, establece leyes y ahí hallamos la conciencia, la razón y el tan llamado “sentido común”. El peso en nuestras vidas, el eco de nuestros actos, la reverberación en nuestro hacer.

Tan sólo un cruce de caminos, simplemente un choque de sentires y una pérfida realidad.

¡Cómo no romperme!
¡Cómo no romperte!

7 de diciembre de 2007

PASIÓN DE VIVIR

Hay en el ser humano una dimensión oculta, indefinible y desconocida que nos resulta compleja precisarla. La vestimos de muy diferentes nombres: anhelo, deseo, ímpetu, ilusión, iniciativa, ardor, instinto… y es todo eso a la vez, pero tampoco posee las características que la definición de esos conceptos otorga, al menos a mi modo de entender. Es la pasión, la fuerza de cada ser humano por vivir.

Definir lo que el término pasión significa y abarca en su contenido me resulta imposible y evidentemente diferirá de la opinión de muchos, pero de alguna forma hay que decirlo y esta palabra es la que más se acerca a mi comprensión.

La vida es algo que todo ser posee, que a todos nos ha sido dado y la vida lleva consigo el sentir, la impetuosidad, los deseos, los anhelos, las ansias, el esfuerzo, la constancia… un sin fin de fuerzas que habitan en nuestro interior y que nos hacen vivir la vida de muy distintas formas, cada uno lo hace como puede, como siente o sencillamente dejándose llevar, pero incluso en ese dejarse llevar hay algo que nos motiva, nos inunda o nos place.

La pasión que para mí incluye la vida, la de cada uno, es esa fuerza desconocida que nos hace actuar de una forma determinada. No es una actuación preparada, meditada, calculada sino que le habita un impulso que encaja como puede en una realidad y actúa siguiendo esa necesidad desconocida hacia un objetivo muchas veces también inconcreto, indefinido. Es ese deseo de vivir muy a pesar de que crucemos etapas o momentos de dolor o espacios de auténtica felicidad. Un deseo que tampoco implica sólo dicha, bienestar u otra máxima satisfactoria o placentera.

Esa pasión, evidentemente no se manifiesta a todos por igual, hay personas que parecen satisfacerse con la sencillez del vivir que les ha sido dada, pero en el otro extremo hay esas otras personas que son dominadas por inquietudes, por desasosiegos, por impulsividades que les hacen encaminarse hacia lo distinto e incluso hasta incoherente de su entorno. La medida de esa fuerza que nos habita, no es una característica humana que podamos adquirir o podamos muchas veces dominar, es una fuerza innata, es un sentir que en algunos les puede y en ocasiones les sobrepasa. Grandes personajes de la historia han sido dominados o encaminados o dirigidos por ese ímpetu, esa explosión de su sentir y han sido los que han dado grandes giros o han sido pioneros de su hacer. No todos, sin embargo, han de ser célebres, también en nuestro entorno cotidiano, hay personas que son portadoras de la pasión en sus vidas, y sus existencias muchas veces son inquietas, son osadas, son atrevidas, son… sencillamente distintas.

La pasión es esa fuerza que nos empuja hacia algo o alguien, es ese afán por llegar, por conseguir, por lograr cualquier evento o necesidad, lo destacable de esa pasión es que la fuerza que nos ha encaminado hacia esa obtención, cede su “poder” al ser conseguido, porque la pasión no es el fin, sino el proceso, el camino, el recorrido. No es que nuestro interés desaparezca o se anule, que también puede ser posible, sino que la fuerza por conseguir o llegar, dará paso al consiguiente goce o disfrute de lo conseguido o hallado, pero desaparece el empuje de esa pasión-fuerza. Evidentemente no todo camino de apasionamiento se cumple, ni se consigue. Quiero por ello destacar que la persona habitada por esa fuerza genética más osada, ese ímpetu quizá irrefrenable hacia la meta, hacia esa necesidad, no alcanza la tranquilidad una vez conseguido, sino que con la llegada o el abandono, de nuevo surge y aparece una nueva fuerza, una nueva inquietud, una nueva aspiración. Es una voluntad de vivir en ese estado de apasionamiento por todo aquello que la vida le ofrece, le otorga o le sugiere.

Podemos entender como pasión, ese concepto de plenitud, de felicidad… pero en esos términos a los que me refiero, la persona apasionada no vive solamente el goce o el placer, sino también el dolor y el sufrimiento. La pasión tiende hacia la consecución de algo o alguien y en ese camino no hay estados, sino que están todos los estados humanos, y esa fuerza empuja sin detenerse en los escollos del camino. El dolor y el sufrimiento es parte inherente de esa pasión-fuerza.

La pasión de vivir, es un concepto mucho más amplio que la pasión puramente humana, la que puede desarrollarse entre sentires, esa otra pasión abarca la necesidad de cruzar un continente, de cortar vínculos para conseguir por ejemplo un cambio de vida, de arrastrar épocas de penurias por seguir un instinto, una intuición… Es un vivir la vida donde compartir o compaginar muchas veces resulta extremadamente difícil y solemos ceder en la medida que esa pasión nos lo permite, porque lo suplantamos con el amor, con el sentimiento, con la estabilidad o con cualquier otro estado más fácil o más a nuestro alcance.

Cuando una vida es encaminada o empujada a vivir en el apasionamiento de los días, e insisto en que la pasión no es un caminar entre laureles, parece como si esa vida no tuviera otro sentido, ni otra función más de ser que el continuo apasionamiento de vivir la consecución de lo indefinido y desconocido que le atrae, es esa inquietud, ese regomello turbador lo que empuja una y otra vez a seguir, a insistir, y, en ese estado, la vida puede ser en ocasiones agobiante precisamente por esa inestabilidad y a su vez por esa falta de seguridad y cierto sosiego que todo ser humano necesita. Pero la pasión-fuerza está ahí y difícilmente cede.

5 de diciembre de 2007

LOS ATRIBUTOS DE RELACIÓN

El trato que entablamos unas personas con otras y con las que establecemos unos mínimos vínculos, repeticiones o encuentros en el tiempo, solemos definirlas a grandes rasgos como relaciones. Hay muchos tipos de relaciones: familiares, amigables, vecinales, lúdicas, laborales, amorosas, placenteras, interesadas, cibernéticas… en cada una de ellas, las características, las peculiaridades y los intereses son distintos, así como también las personas que las viven.

Hay relaciones que surgen y aparecen, simplemente en el medio en que nos desenvolvemos, y no tienen más incidencia en nuestras vidas, que las de establecer un mínimo de cordialidad, de respeto y mantener una cierta armonía. Por ejemplo las laborales, las vecinales y también algunas del entorno familiar.

Hay otras relaciones en que nuestros intereses van algo más allá y actuamos en función de nuestro objetivo. Podemos ser agresivos o dóciles, impetuosos o reservados, pacientes o provocadores, tímidos o pícaros… características que en cierta forma manipulamos o sometemos, según veamos mejor para conseguir nuestro propósito. En este apartado podemos incluirlas prácticamente todas, ya que en una relación, situación o momento dado, podemos sentir la necesidad o el impulso de obtener un fin.

También puede darse que, al establecer ciertas relaciones con los demás, las sobreestimemos o las infravaloremos, según el momento o la cuestión, según también nuestro estado o nuestro propósito, ya sea por afán, por carencia, por necesidad, por egoísmo, por ambición, por exceso, por despecho… por cualquier motivo que surja y nos induzca consciente o inconscientemente a la obtención de algo o de alguien.

Quisiera resaltar, de esta reflexión, específicamente las relaciones personales, las amorosas, las que se establecen entre dos seres cuyo trato se inicia por una atracción y son cautivadas por un enamoramiento, por una pasión, por un sentimiento.

Las grandes líneas que plantea una relación afectiva sin intereses materiales suelen ser: el afecto, la necesidad de cercanía o proximidad y el deseo de vivir y compartir, ese sentir y esa necesidad a través de una relación más íntima y personal.

A rasgos generales y en el transcurrir del tiempo, las relaciones personales ya establecidas sufren y pasan por distintas alteraciones, no suelen tener indefinidamente un equilibrio entre esos aspectos descritos a grosso modo.

Nuestra vida suele ser muy activa en los tiempos que corremos y aunque el sentimiento está presente, porque lo sentimos latir en nuestro corazón, bien es cierto que en ocasiones resulta difícil y complicado tener espacios de tiempo para compartir y vivir una relación. También con el paso del tiempo, nuestro ser evoluciona y en ocasiones puede no coincidir los cambios de uno con el otro, o quizás nos desilusionemos por motivos diversos (rutina, carácter, la propia relación, gustos, otras influencias…). Indudablemente un cambio o modificación en cualquier aspecto, se refleja en la intimidad de esa relación, quizás la pasión inicial se adormezca o el entusiasmo de los primeros días deja paso también a una cierta monotonía… Lo que está claro es que, el desequilibrio en alguno de esos campos, ya sea por exceso o por defecto, tarde o temprano acaba resintiendo, perjudicando e incluso anulando la relación.

Si nos aproximamos a la individualidad de esos tres aspectos mencionados podríamos también decir que:

  • El afecto, también amor, cariño, estima… es un sentir que podemos tener en otras muchas relaciones: por los hijos, por los padres, los amigos, los compañeros… pero… el amor que estos afectos nos aportan difieren del amor “en pareja”, en que pueden subsistir por si mismos, no necesitan de una intimidad, tampoco de una convivencia, ni de un común compartir.
  • La cercanía o proximidad. También esa necesidad humana podemos hallarla en todos aquellos que nos rodean, el no sentirse solos, el tener a alguien o algunos a quien acudir en un momento dado… es decir, tener compañía. Pero este sólo aspecto tampoco nos compensa, ni es equivalente a la de una relación amorosa, porque además de la compañía, deseamos y necesitamos el amor apasionado, el sentir de Eros y un mañana de finalidades y objetivos en común y compartidos.
  • La sexualidad, es un aspecto más personal y cada uno lo satisface según sus peculiaridades o necesidades. Pero cuando la sexualidad surge como la expresión de un afecto, de un amor, de una pasión, en definitiva de un sentimiento más que de una pura compensación placentera, entonces necesitamos unir esa íntima relación con una proximidad de lo cotidiano y con el amor que sentimos hacia el otro.

Cubrir esas necesidades de amor, de compañía o de sexo en distintas situaciones y con distintas personas no aporta a nuestro sentir la misma profundidad, la misma satisfacción, ni el mismo espíritu de goce.

  • El amor de pareja no es necesariamente una necesidad, si no sentimos el fuego del sentimiento y la pasión en nuestro corazón.
  • La compañía, el establecer una cercanía o proximidad con otros seres, no necesariamente implica la necesidad de un sentimiento amoroso, sino de una relación mucho más pasajera o exterior en nuestra vida.
  • Y una sexualidad ocasional, satisface una necesidad fisiológica, pero no nos aporta, ni nos ofrece, esa plenitud de compartir aspectos de nuestra vida y objetivos comunes con el ser amado.

A diferencia de las relaciones más generales y propias de nuestra pertenencia a una sociedad, que pueden, en muchos momentos, ser ocasionales y por tanto sustitutivas unas de otras, su finalidad no es el otro sino nuestro objetivo o la coincidencia, mientras que en las personales, aquellas que establecemos individual y libremente, se establecen buscando como mínimo estos tres aspectos en común.

En definitiva, la relación de dos seres cuya unión viene dada por un sentimiento común de uno hacia el otro, sólo puede ser satisfecha, vivida y sentida entre esas dos personas. En este grupo de dos. El efecto de esa vivencia no puede ser ni dividido, ni suplantado por otras situaciones semejantes o parecidas. El desequilibrio o la falta de una de ellas suele ser causa de frialdad, lejanía o rotura.

3 de diciembre de 2007

¡QUISIERA CRECER!

Hoy que la infancia quedó atrás y la adolescencia terminó,
hoy que la madurez está y que el tiempo pasó...
miro atrás y descubro lo poco que todo cambió.
Cambió el paisaje, cambiaron las costumbres,
cambiaron los entornos y los días.

Algunas cosas más cambiaron también,
pero hay algo en mí que nunca cambió.
Los sueños que siguen albergándose en mí .
La ternura que continua anidándose en mí.
La pasión que sigue dominando en mí.

Quisiera crecer y hallar en algún lugar
la vida, el sentido, la presencia y la razón.
Quisiera sola caminar, cantar y gritar
y más que nada quisiera
... hallar por fin la libertad.

Quisiera... tan solo quisiera... crecer.

2 de diciembre de 2007

JÚPITER O EL ORDEN SOCIAL

Quisiera con esta reflexión complementar la escrita con anterioridad titulada JANO O LOS OPUESTOS. El comentario recibido, da pie a que le dedique algunas palabras más a este tema, pero en esta ocasión desde la influencia o visión de la exterioridad.

Intenté, con el escrito anterior, esbozar simplemente el infinito estado de equilibrios que existe en cada uno de nosotros. La dificultad en hallar el equilibrio personal está ahí presente y yo no conozco las respuestas, ni tampoco las soluciones para nivelarlo. Me hallo inmersa en esta caída libre que son nuestras decisiones, posturas y forma de ser, y por supuesto también, en relación a ese entorno que nos circunda. Lo enfoqué desde la individualidad porque creo firmemente que la mejora y los avances que podamos conseguir parten de nuestra posición y de nuestra actuación personal.

Es innegable la influencia del exterior, más que influencia me atrevería a decir el acoso que la estructura social ejerce sobre cada uno de nosotros. Estamos “condenados” a tratar y a vivir en sociedad, el hombre es un ser comunitario y social por naturaleza.

Nuestra sociedad nos bombardea con toda clase de artefactos e influencias, nos crea necesidades y deseos que nos encaminan a la adquisición de enseres, artículos, posesiones, conocimientos y toda una retahíla de necesidades que nos implantan la obsesión por adquirir, la obligación de tener y saber todo aquello que nos muestran. A través de los medios de información vemos las cosas como nos las dicen o como quieren algunos que las veamos, el más claro ejemplo lo tenemos en el mundo de la política; los telediarios nos informan de lo que sucede en el otro extremo con una rapidez de hechos asombrosos, las novedades para aumentar nuestro bienestar y nuestras comodidades aparecen como el gran descubrimiento, como la gran solución a nuestros problemas (después descubriremos que no había para tanto)… Todos experimentamos ese sentirnos “obligados”, esa necesidad de poseer, de tener y precisar las últimas novedades que aparecen continuamente sobre cualquier tema: telefonía, electrodomésticos, segundas viviendas, moda, informática, automóviles, conocer países exóticos, alternar… todo un sinfín de “necesidades” que bien podrían ser innecesarias, pero que se erigen ante nosotros pidiéndonos su propiedad. Ese entorno nos evidencia nuestra carencia, nuestra escasez y nos nace el síntoma de la adquisición, de necesitar, de no poder estar sin tal o cual cosa. Es la sociedad de consumo.

Querer seguir ese ritmo nos obliga a marcarnos otro ritmo también, necesitamos más poder adquisitivo, necesitamos estar más a la última, es preciso ser y estar como el vecino, el compañero o el personaje de turno… a su vez esa necesidad de adquisición, de consumir, nos crea las consecuentes ataduras que nos asfixiarán: hipotecas, préstamos, créditos… y así nos vamos sumergiendo en esa red, en ese entramado social del cual no somos capaces de liberarnos. Hemos perdido el gusto de saborear los diálogos, las buenas charlas, los coloquios, las lecturas, las críticas culturales… está de moda otro tipo de cultura, otro tipo de diálogo, otro tipo de información, ahora es importante saber los líos y amoríos de gente cuyo única fama se obtiene por sus desavenencias o por sus incursiones en vidas ajenas, hoy son importantes los “reality show”, conocer los trapos sucios, las penalidades de quién sabe quién, como si los anónimos no tuviéramos nuestras calamidades y contratiempos. Ésta es la cultura de hoy. Una cultura que queramos o no, nos influencia, nos ataca y nos aprisiona, nos sumerge en estados de ansiedad, de agobio, somos la estampa del deseo y aparecen con el tiempo las depresiones, las angustias, el estrés, la confusión, el abatimiento… otras presencias y otra realidad de la que nos surte en abundancia nuestra sociedad de hoy.

Quisiera lanzar desde este minúsculo y anónimo espacio una esperanza a todos aquellos que estamos inmersos en esa turbulencia social, tan difícil y a veces imposible de manejar. Creo sinceramente que nadie de nosotros puede cambiar la sociedad, podemos influir en nuestro entorno más próximo, podemos ayudar a los más cercanos, poner de alguna forma nuestro granito de arena, no sé cómo, ni de que manera. Pero… hay una cosa clara y evidente para mí, lo que sí podemos hacer es cambiar nuestra forma de ver ese entorno. Las cosas son como son, las personas somos como somos y en nuestra mano está el aprender a entender el mundo que nos rodea. Lo que seamos capaces de hacer, cambiar o modificar pues adelante y lo que no, simplemente dejarlo ahí, sin más, el mundo no se hundirá por ello. La exterioridad nos atacará, nos influenciará en la medida en que nosotros nos dejemos influir y atacar.

Si nuestro ser, si nuestra capacidad, si nuestra forma de mirar y entender se abre a la comprensión, al análisis, a la valoración, significa que desarrollamos en nuestro interior un cierto equilibrio, una cierta apertura, una cierta moderación… estamos dotados de inteligencia, de criterio, de saber distinguir entre blanco y negro, entre bien y mal… a nuestra manera, a nuestra forma… pero podemos hacerlo. El entorno seguirá siendo posiblemente el mismo, no podemos cambiar ni la sociedad, ni tan siquiera la forma de ser de nuestros más allegados… pero sí podemos aprender a mirarlo positivamente y con cierto criterio, nuestra predisposición puede ser la clave para ver que, las cosas, también pueden ser distintas.

Empecemos con nosotros, seamos tolerantes primero con nosotros mismos, aceptémonos, admitámonos y querámonos con nuestros errores, con nuestras limitaciones, con nuestros defectos y virtudes, y actuemos con los demás de la misma forma. Practiquemos la paciencia, la concordia, el buen hacer, en la medida de lo posible, sin imponer, sin obligar, que todo lo demás se dará por añadidura.

1 de diciembre de 2007

DARSE ATENCIÓN

Sin darme cuenta, sin ser consciente de ello alguien me dice que le llena de orgullo el que yo le dé mi atención ¡Qué grato y amable es escuchar estas palabras!

En el fondo la atención la prestamos, si de alguna forma, percibimos su sutil existencia. Cuando damos atención a algo o alguien es porque antes ha habido un ofrecimiento, un acercamiento, un deseo de compartir, y su efecto es como ese tímido haz de luz que se cuela por una rendija y de repente notamos su presencia.

Nuestra actividad actual es muy dispersa, es alocada, ajetreada y nos disgregamos en la cantidad inmensa de cosas que debemos atender y hacer. Entramos en esa vorágine de querer estar en todo, por todo y con todos, lo que nos obliga a dar y mostrar muy poco de nosotros. No tenemos ya tiempo de esmerarnos en nuestras relaciones, de ser unos con otros, de dar escucha, de dar presencia, de dar compañía… ¡debemos estar en tantas otras cosas!

¡Que hermoso es “perder el tiempo” con un amigo! ¡Qué belleza ver nacer el día! ¡Qué encuentro más íntimo reencontrarnos en la soledad!, sentir el crujir de las hojas bajo los pies, recibir la sensación de ese aire fresco de la mañana, dejarnos envolver por una música... Hay tantas cosas inútiles en esta vida nuestra en la que podemos dar atención y no se la damos porque no tenemos ese tiempo necesario. No tenemos tiempo porqué las actividades, las obligaciones y las ocupaciones nos tienen en sus manos, nos tienen atrapados, quizás sea también porqué hemos perdido parte de esa sensibilidad por “perder el tiempo”.

Cuando sentimos esa llamada de una atención, de un estar en sintonía y cedemos a ella, como sin darnos cuenta, sin proponérnoslo, sin prácticamente percibirlo… y alguien nos dice: “me das tu atención… me hace sentir que soy importante para ti” descubrimos esa parte nuestra que está como olvidada, como alejada, oculta detrás de todos esos innumerables quehaceres, o simplemente detrás de nuestras calamidades, de nuestras preocupaciones, de nuestras quebraderos de cabeza, o detrás de lo que consideramos de gran importancia y sin embargo, si nos paramos a analizarlo, si recapacitamos, nos damos cuenta que no es más que el propio transcurrir de la vida, y que nos perdemos detrás de esas minucias, desaprovechando la gratitud que otros nos ofrecen cuando simplemente les prestamos atención.

Nosotros mismos podemos ser ese ser que siente la necesidad de prestar atención al otro y cuando hallamos eco, cuando encontramos también su atención, nos llena de contento y nos sentimos bien, simplemente, estamos bien. Son matices, tan solo tornasoles del instante que vivimos, de los días que pasamos, pero sin duda son como hermosas y bellas flores que adornan las riberas de nuestro camino cuando acogemos esos instantes, solo porque sí.

A todos los que de una forma u otra prestáis y nos damos atención, sin duda ninguna nos damos la oportunidad de seguir acompañados, de sentirnos cercanos, de compartir y continuar juntos en esa gran aventura que es la vida.