15 de enero de 2008

EL SABOR DE LA RENUNCIA






margo. Las renuncias siempre tienen el sabor amargo.

Cuando la vida te pone en el aprieto de tener que dejar, abandonar u olvidar algo o alguien que tu corazón y tu sentir ama, desea, anhela, ansía o forma parte de uno mismo, la renuncia siempre es amarga, siempre es dolorosa.

Nunca la vida fue un camino de rosas, es cierto, pero la vida te deja verlas, te deja olerlas, te deja contemplar su belleza y cuando quieres poseerlas, cuando quieres tenerlas, cuando quieres adueñarte de ellas, las espinas inevitablemente clavan sus afilados pinchos en esa mano que las aprisiona. Si sólo fuera el dolor exterior, sería cuestión de días su curación, pero las renuncias que la vida impone, son un profundo padecimiento en lo más hondo del alma y desde el profundo sentir.

Esos inevitables sucesos de nuestra vida son como enseñanzas, como lecciones que no sabemos porque debemos aprender, simplemente nos surgen, se nos imponen, hemos de vivirlos y nos hieren. Intentamos comprender, entender cual ha sido el motivo o el por qué; pero sólo el pasar de los días nos dará la experiencia, sólo el apartarnos del momento nos dará la posible mirada para acercarnos al hecho en sí, ver la decisión a tomar y asumirlo, aceptarlo. Cuando la renuncia es inevitable, obligatoria y sin posibilidad de cambio o modificación, sólo el tiempo nos dará el conocimiento y nos transmitirá la enseñanza, o el sentido que ello imprime en nuestra vida. También uno se pregunta por qué a algunas personas les sucede con más frecuencia en el tiempo que a otras, pregunta compleja y de difícil respuesta.

Muy subjetivamente, como siempre, ya que no pretendo hacer ninguna tesis de nada, observando y viendo como alcanza y se vive la situación en mis entornos, me parece que los hombres, sea cual sea su postura, tienden a ser más fieles y quizás consecuentes y determinantes en su decisión. La emotividad, la sensibilidad, el sentimentalismo es más acusado en las mujeres y quizás tendemos a prolongar la renuncia, intentando recabar cualquier posibilidad para evitarla. En ese período se analiza o se intenta razonar todas las posibilidades, todos los motivos, las causas, las posibles consecuencias, los daños que implica un hacer u otro, una postura u otra, buscar una visión de la situación el máximo de neutral y causar el mínimo daño a cualquiera, porque inevitablemente alguien saldrá perjudicado o dolido. Creo en el buen actuar de mucha gente y existe una inclinación a entender, a comprender, pero nunca se halla el instante de atacar definitivamente ese momento de resignación, de admitir la inevitable despedida.

Quizás esa sea para mí una suerte, el poder comprobar las buenas intenciones de la gente que he conocido en situaciones de renuncia, son seres que no culpabilizan, que no acusan sino que ante el sentimiento amargo responden con comprensión y entendimiento, muy a pesar de que todo ello cause un profundo desgarro y una herida que sangrará durante quien sabe cuanto tiempo.

La vida, y sigo desde mi subjetivismo, se vive conociéndola y viviéndola desde sus más arriesgados extremos, desde sus más delicados y hondos límites, y evidentemente las alegrías son inmensas, pero también es intenso el dolor, y aunque veamos otras vidas que entran en la monotonía de los días y en los quehaceres repetitivos, sin aspiraciones, sin necesidades, sin experimentar las fuerzas del sentir que elevan con la misma facilidad que hunden, no sé si cambiaríamos la vivencia de los extremos por una vida que se amorfa, se vulgariza y se diluye en el pasar del tiempo sin alicientes y ante un horizonte sin perspectiva de cambio, eso sí apacible y sin sobresaltos.

Las renuncias al igual que el propio sentir no siempre son visibles, palpables, exteriorizables, porque los límites y los extremos son sólo vivencias íntimas, personales y muy posiblemente no observemos estos hechos o no los podamos observar en las vidas ajenas, como siempre, ese vivir sólo puede ser visto y observado desde uno mismo y por uno mismo.
.

3 divagaron conmigo:

Clair de Lune dijo...

Me gustó el tema y estoy de acuerdo con casi todo lo que expones, pero no comparto algunas ideas. No creo que el sabor de la renuncia sea siempre amargo. Hay veces que quien nos "obliga" a renunciar a algo o a alguien no son sólo las circunstancias si no nosotros mismo. Quiero decir tal y como yo lo veo en ocasiones hay otras salidas pero que quizá no vayan a ser tan efectivas. Es un tanto complejo de explicar, o al menos a mí así me lo parece. Simplemente creo que según la situación en la que nos encontremos puede ser que renunciar a algo o a alguien sea lo mejor que podamos hacer por el bien de muchos, incluso por el bien de esa persona. Cierto que luego tendremos un ligero sabor amargo, aunque yo diría más bien agridulce porque se junta algo "bueno" con algo "malo". Sabemos que hemos hecho bien, lo correcto, lo mejor para quienes nos importan, aunque ello a veces implique que nosotros mismos tengamos que renunciar a algo. Claro que para ello quizá haya que tener de ante mano un entendimiento y asimilación de lo realmente importante para nosotros y así poder decidir si es más importante ver a esa persona feliz o si por el contrario es preferible hacer cualquier cosa con tal de no renunciar. Quizá sea una visión un poco subrealista y demasiado ideal, no lo sé, es mi forma de pensar. Lo he enfocado sobre todo en lo referente a renunciar a las personas; lo de los objetos, sensaciones, recuerdos y demás ya sería otro tema. Por lo demás estoy bastante de acuerdo con tu forma de ver este tema o al menos con la parte que has expuesto en este post. Espero que se haya entendido aunque sea un poco mi postura, es que no sabía muy bien cómo explicarme.

Saludos,

Clair de Lune

MARIA dijo...

.
El escrito parte de las propias vivencias, de mi entorno cercano y de algunas reflexiones. Desde ese conocimiento personal y subjetivo, creo que cuando debemos renunciar a algo que nos llena, que nos gusta, que amamos o deseamos, aunque sea en bien del otro, o de una situación, o de unas circunstancias, esa experiencia de pérdida es inevitablemente amarga. Bien es cierto que el objetivo de la renuncia ayuda a llevarlo algo mejor. Ahora bien, la renuncia en sí, aquel que la siente, la padece y la vive, el que experimenta el vacío interior, arrastra en ese vacío el sabor amargo. Evidentemente todo depende del valor, la importancia o el peso que esa persona tiene en la vida de uno, como de lo que se tenga o se haya tenido que renunciar, también influye el carácter, la edad, la forma de aceptarlo… en fin todas aquellos aspectos, personas y valores que envuelven las circunstancias.

Siempre hay que ver o intentar al menos ver la mejor solución, lo mejor para todos, eso está claro, pero también es cierto que existen situaciones que se escapan de las manos de uno, que arrastran a los implicados, o simplemente ya desde el principio surge la imposibilidad de realizar el objetivo deseado.

Sinceramente creo que todos de una forma u otra hemos tenido que renunciar a personas y situaciones en nuestra vida y seguramente nos quedan muchas más. Mi exposición, mi introducción a los hechos y la forma personal de enfocarlo sólo ha pretendido destacar que, renunciar a los deseos, a los objetivos, a las esperanzas… es algo que duele y cada persona, cada situación cada circunstancia ofrece una realidad distinta, una solución diferente, pero la renuncia en sí siempre entristece y duele en mayor o menor grado.

Saludos Clair y gracias por tus palabras siempre sinceras.

.

Yur dijo...

Estoy de acuerdo con María...Creo también que, si te gusta y/o quieres a lo o a quien renuncias...deja un sabor amargo.
Anque clair de lune también tiene un poco de razón, puesto que por algo se está renunciando a ello, generalmente es por que algo mejor traerá el hecho de la renuncia, más bien creo que el sabor dulce viene después...Cuando el sabor amargo ya ha pasado...