14 de enero de 2008

MI SER MUJER


No es mi pretensión hacer una apología de la mujer, nada más lejos de mi realidad, de mi pensamiento y de mis deseos, tampoco creo que tenga las cualidades para ello. Quisiera tan sólo mencionar o exponer muy fugazmente el sentir de ser mujer, una más en toda la variedad que existe en el mundo, una mujer que al igual que todas y todos tiene sus virtudes y sus defectos, que vive y siente como cualquier otra, pero que sólo puede hablar desde su propio vivir, desde su propio sentir y desde su personal manera de ser.

Cada ser humano siente en sí el paso del tiempo, los cambios en su vida, adquiere experiencia, se conoce más a sí mismo, aprende de su propio caminar, caemos y nos levantamos infinitud de veces y nuestras debilidades aparecen una y otra vez, así como también se afianzan nuestras seguridades. No podemos definir, ni determinar los momentos en que vamos adquiriendo más experiencia de vivir, ni tampoco en que ámbitos, ya que cualquiera de ellos nos pueden afectar, tanto en lo que somos como donde nos desenvolvemos. Tampoco podemos establecer una etapa o época para todos igual, cada persona tiene su momento, su espacio y su lugar, y relativo es lo que tiene que ver con la edad, con la condición y con las facilidades u oportunidades que la vida nos ofrece.

Mi ser mujer no cumplió nunca las expectativas, “mis expectativas”, dentro de mi tiempo deseado, es decir, en el momento o etapa habitual o la más generalizada, la más común, sino que fueron apareciendo por lo general, en épocas o momentos posteriores de los considerados como media o más frecuentes. Los estudios surgieron en edad juvenil más que en la adolescencia, la relación con el sexo opuesto apareció también con cierto desplazamiento en el tiempo (quizás más común en esa época de los 70), el sentido femenino en tanto que experimentar ese gusto por el coqueteo y el ser presumida pasó bastante superficialmente en esa edad que le es característica, la toma de decisión en el futuro, el típico “de mayor quiero ser” exactamente lo mismo, y así todos esos matices que configuran esas primeras épocas. Existió durante varias etapas una especie de desubicación, un no estar nunca en el lugar adecuado, en el entorno favorable o el sentirse inoportuna en muchas ocasiones.

Inconscientemente subyacía y subyace la necesidad de conocer ese fondo que sustenta y sostiene la vida de mi ser mujer; instintivamente, pero sin ser realmente consciente de ello, la necesidad de saber, el conocimiento de mi misma, el acercamiento al propio ser, mi relación con el entorno, el entenderme y comprenderme, aguardaba ahí, escondido, anónimo, desconocido, esperando quizás la serenidad o la calma de una etapa más afín, más idónea, esperaba su momento más oportuno, el lugar quizás más propicio, el espacio más acertado para que el sentido de todo el conjunto de mi ser mujer se mostrara o se hiciera mínimamente visible a mi entendimiento y a mi comprensión. Y mientras, el camino de la vida iba andando conmigo en la más absurda ignorancia.

Hoy, pasado el tiempo, en plena adultez creo que empiezo a descubrir esos matices, esas peculiaridades, esas vivencias que muchas mujeres, en cierta manera, ya cumplieron o vivieron, seguramente algunas seguirán buscando y quizás otras nunca los lleguen o los lleguemos a encontrar. Pero descubro algún rasgo, quizás insignificante, quizá pueril, pero que ahí está y que cobra cierto matiz reconocedor para mí. Por ejemplo el gusto por la imagen, una imagen que más que adornar o destacar la exterioridad cumple el sentirse bien y el gustarse una a si misma, un sentir que existe un espacio en mi entorno que de alguna forma se reserva para que yo lo ocupe, un discurrir que parece enlazar esos cabos sueltos del pasado, un cierto sentido a las renuncias que la vida me obligó…

Miro mi vida y me doy cuenta, muy fugaz y ligeramente, que mi camino no es el más general, el más común, el más habitual, aunque existan muchas mujeres y hombres cuyo propio descubrimiento, cuyo propio encontrarse, tiene lugar en cualquier instante de su vida, no necesariamente existe un barómetro regulador, e incluso habrá personas para las cuales, no exista nunca esa necesidad de hallarse o ese encuentro consigo mismo. Hay una especie de cánones o líneas generales en ese cruzar la vida, pero no todos lo cumplimos de igual forma, ni tiene porque ser así. Hoy miro el camino recorrido y pienso que la vida no es la que yo hubiera definido para mí, y sin embargo parece que su trayectoria comienza a tener sentido y significado, al menos me parece observar una cierta concordancia entre lo vivido y las características de mi singular ser mujer.

Un amigo de muchos años, me dijo hace escasos días: “el tiempo no existe, el tiempo es un invento humano, las cosas no tienen porque suceder a una edad determinada porque cada uno tiene su momento, su circunstancia, su lugar y su tiempo”. Y me dio que pensar. Posiblemente el tiempo no exista, tal y como nosotros lo administramos, tal y como lo pensamos o lo establecemos, el tiempo es algo que se ha inventando para ordenar y situarse, quizás para establecer unas referencias, pero en ningún lugar está escrito un tiempo para vivir, un horario vital para cumplir, un momento para nacer o un instante para morir, todo es un proceso, un ordenarse, un transcurrir, un pasar, pero sin orden y sin determinación. Los hombres necesitamos unos puntos de referencia, establecer unas coordenadas, pero eso no significa que para todos se establezca de igual manera y en la misma etapa, sino que cada vida, cada transcurrir constituye y establece su propia andadura y su propio paso.

Quizás gracias a este cavilar anónimo, al apasionamiento de mi misma vida, dejándome llevar por esas locuras de mi pensamiento, por ese discurrir irracional, voy desmenuzando el sentir de los instantes que me permiten dar cuenta que, lo más importante no son “mis expectativas”, mis objetivos, ni mis metas, sino el sentido de mi sentir y de mi ser mujer.
.

0 divagaron conmigo: