24 de enero de 2008

¡NO TE MARCHES!

Cuántas veces en el tiempo hemos gritado en silencio ¡no te marches... no te alejes, no te vayas!

Y es que el transcurrir del tiempo, el caminar por esta vida nos cruza con seres que hacen nacer en nuestro sentir un profundo afecto por ellos. A veces el encuentro es muy sutil y nos queda el hermoso recuerdo de ese instante, en otras ocasiones el recuerdo permanece en el tiempo y cuando surge o lo evocamos, siempre nos causa alegría, contento, beneplácito, ese grato sabor de lo vivido, de lo hallado. Hay ese grupo de personas que por un motivo u otro calan hondo en nuestro sentir y en nuestra vida, no es tan sólo un encuentro, un saber o un conocer, sino que el habernos cruzado con este ser nos imprime en nuestra vida unos cambios, una nueva visión o quizás ese sentimiento de algo especial, un ser con características distintas que nos ha encandilado, un pensamiento, un carácter, una forma de hablar... un todo y un nada a la vez, pero algo nos atrae de forma especial.

Sentirse atraído por alguien, nos crea esa necesidad de aproximación, de cercanía, donde por muchos momentos que se compartan siempre suelen parecernos poco. Ese primer tiempo de descubrimiento, de acercamiento depende de la persona, de la situación, de la importancia, de la necesidad, del impacto causado... de todas esas manifestaciones que se nos han creado de repente, pero está claro que algo nos ha conmovido, algo nos está adentrando en el corazón.

El curso de los acontecimientos puede desembocar en ese aprecio, en ese afecto nacido de nuestro sentir, esa sensación, ese cosquilleo inexplicable cuando inevitablemente nuestra mente reposa en esa vivencia, en ese hallazgo, en ese encuentro, en esta persona.

Todo comienza y todo termina, todo se inicia y todo se diluye, todo es misterio ante lo desconocido, y cuando percibimos la corazonada o experimentamos cierta evidencia de término o alejamiento, sentimos gritar desde dentro ¡no te marches... no te alejes, no te vayas! Acude la necesidad de buscar, de hallar una nueva forma, otro modo de seguir, de seguir dando espacio a ese hallazgo, a ese encuentro, alargarlo, prolongarlo… surge la resistencia a la lejanía, a la distancia... al olvido.

En esa corazonada, en ese espacio con cierto temor, algo grita en el interior y exclamamos silenciosamente ¡no te marches!
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4 divagaron conmigo:

Clair de Lune dijo...

¿Y por qué nunca lo gritamos? ¿Por qué somos siempre tan cobardes que esperamos hasta que ese grito se convierte un simple eco resonando en nuestras cabezas y ahogado por el ruido del tren que se lleva a quien nos importa? Quizá algún día se logre el coraje suficiente para gritar ¡no te marches, te necesito! ¿Realmente eso es posible o es algo que pasa simplemente en los sueños?

Hay varios de tus escritos con los que no puedo evitar sentirme identificada y este es uno de ellos. Me encantó y bueno...decir que aunque no se me vea demasiado por aquí, sigo leyéndote.

Saludos,

Clair de Lune

Currican dijo...

...

Sean necesarios los silencios
si to hay palabras,
si la voz que debe hablar
calla, por no esparcir
aún más su dolor.

Huya el miedo por miedo
a la voluntad
y se descubra la fuerza
del ser...
nuevamente
¡con toda su luz!

La distancia es parte del viaje
y hace del reencuentro
solo otra etapa más.

...

MARIA dijo...

Sí lo gritamos Clair, pero lo hacemos en silencio.
No somos cobardes, sino que en la mayoría de veces hay una realidad o dos.
El coraje lo tenemos siempre, porque estamos ahí despidiendo a quien no queremos que se vaya.

Es cierto que ese grito sale cuando sentimos más que simpatía por una persona, cuando este ser es ya algo personal. Quisiera de todas formas extenderlo a otros ámbitos, a otras personas que si bien no tienen lazos puramente sentimentales sí es cierto que nos sentimos, de alguna manera, muy unidos a ellos, a veces es un compañero que sabe escuchar, con el que compartimos nuestras dudas, nuestras alegrías, otras puede ser un amigo e incluso podemos sentir esa chispa con alguien que hayamos coincidido en un viaje, o en un lugar distinto al nuestro habitual. Sin saber por qué quisiéramos llevarnos ese sentir de un instante o quizás de unos días, a nuestro lugar, a nuestro ámbito, y simplemente, eso no es posible.

Ya te he comentado en alguna otra ocasión que me gusta quedarme siempre con lo bello de las vivencias, de las experiencias en general y en esos casos, por mucho que me duela, por mucho que ese alejamiento pueda afectarme, prefiero pensar en la dicha de haberlo vivido.

Las personas vivimos nuestras relaciones de muy distintas maneras, algunas intuyo, somos más pasionales, sentimentales, radicales o extremistas y vivimos los hechos también con esas características, tanto lo que es especial y único, como lo trágico y triste. Pero así somos y la vida nos enseña, nos va mostrando en el curso de los años (aunque uno nunca se acostumbra) a aceptarlo, a pesar de que siempre surge esa estela de tristeza.

Gracias por tu cercanía Clair.
.

MARIA dijo...

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Los silencios llenos no necesitan palabras,
sólo hay que saber sentirlos y vivirlos.

La voz no es necesaria cuando se percibe o se intuye
el dolor de un sentir cercano.

El miedo surge sin remedio, es parte de lo humano
pero la llenura de los silencios le apacigua.

El tiempo es el remedio y el mejor aliado.
Demos tiempo al invierno que nos traerá la primavera.
El tiempo… sólo el tiempo nos otorga un reencuentro
quizás una nueva etapa, un nuevo espacio,
que afianzados merecerá la pena aguardar.

Con toda una silenciosa llenura.
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