13 de enero de 2008

PASIÓN

Sé que existen definiciones, explicaciones, comentarios, artículos, estudios, experiencias… sobre la PASIÓN, pero me olvido de todas ellas, las ignoro, las olvido, en estos momentos las rechazo de pleno porque aunque yo utilice ese término (alguno he de usar), la PASIÓN es para mí… lo inexplicable que mueve el mundo, el misterio que hace vivir la vida, la fuerza que empuja y alimenta el sentir, el color que pinta la realidad de lo inimaginable, el aliento que hace correr por las venas la sangre del deseo, el sentimiento que conmueve y cobija el alma, es el encuentro con el misterio, es el padecimiento del olvido, el abismo que permite soportar el dolor y a su vez el motivo y la causa que nos despeña, es la emoción y el llanto del recuerdo, es el rompimiento de las entrañas y la cima más alta… todo eso y mucho más es para mí la PASIÓN.

La pasión no es una adquisición, no es un utensilio, no es manejable y difícilmente manipulable, en ocasiones y a duras penas, intentamos sujetarla y dominarla, pero su presencia está ahí, invisible, oculta, escondida, pero siempre presente, porque la pasión es lo indescriptible, lo indecible, lo inexplicable que nos habita. Cada uno de nosotros tiene su capacidad o su medida o su expresión, el espacio que ocupa en nosotros, cada uno lo sabe y mínimamente lo conoce, no todos la expresamos y si la expresamos lo hacemos de distinta forma y de diferente manera. Es para mí imposible explicar la pasión en términos definitorios y generales, porque la pasión nos invade a todos en distinta medida y nos aprisiona individualmente, por eso hablo de “mis pasiones”, de las que a mi me abrazan, de las que a mi me asisten, de las que a mi me dominan, de las que a mi me atan, de las que a mi me habitan, de las que en mi viven.

Es fácil para mí apasionarme, mi gran pasión es el sentimiento, el amor, el sentir, el vivir amando, el amar viviendo, el sentir explosivo del sentimiento, la irrupción y el destilar y el derramarse y el verterse y el volcarse de todo aquello que inunda e impacta y hace vibrar la vida, mi vida.

La pasión es un mundo infinito e inabarcable de vida, imposible de explicar, las palabras no pueden decir ese mundo incoherente, irracional y anárquico, no existen los términos, nadie ha sido capaz de inventarlos, ni tan siquiera los poetas, los trovadores o los juglares, ellos se limitaron a combinar bellamente vocablos y abstracciones en rimas, poemas y cantares; tampoco los grandes escritores pudieron hacerlo, necesitaron de historias, novelas y relatos para acercarse a su definición, para mostrarnos algunos efectos, pero nadie ha podido nunca expresar un único sentir y una única manifestación de la pasión.

La pasión tiene vida propia, no está en nuestras manos su existencia o su muerte. Cuando nos apasionamos por algo o por alguien no podemos dominar la pasión, es ella la que nos domina o la que nos abandona, es ella la única que tiene el poder de decidir. Tanto su presencia como su muerte dejan su rastro y sus huellas en nosotros, en nuestro interior durante ¡quién sabe cuánto tiempo! Cada uno de nosotros puede llegar a domarla, adiestrarla u ocultarla, pero imposible es decidir o crear su existencia.

La pasión de un beso por ejemplo, puede traspasar la eternidad. Dar y recibir el encuentro de unos labios que nos aguardan y que a la vez entregamos, se convierte en una vivencia siempre presente. Podemos olvidarnos de la mayoría de detalles, del momento en el tiempo, de las imágenes, quizás del antes y después, pero cuando la evocación se nos hace presente revivimos aquel instante para hacerlo nacer de nuevo y aquel momento es de nuevo un instante de vida donde el mágico entorno que le envuelve es el mundo que no se ve, es acercarse al enigma de lo acaecido, es lo pasado pero con una nueva vida, la de ahora, la de este momento, la de ese instante. Un beso, un rozar de labios, un aliento, una entrega, una piel, un sentir, un dar, un encontrarse, un unirse, un ser uno… y en ese rozar y en ese entregar y en ese dar y en ese hallar se ofrece también la vida de ese instante, el latir de un corazón, el sentir de un cuerpo, la esencia de un alma. De ese beso, de ese rozar de labios, de ese unir… nace la pasión del instante.

En cualquier momento, en cualquier situación, un sonido, una palabra, un sentimiento, una imagen, una luz, un color… o quizás… la misma nada, nos traslada, nos viaja al recuerdo de un instante, a la evocación de un momento, al amado, al desconocido sentir y nos arrebata de nuevo el desasimiento, ese abandonarse al dulce embrujo de concebir nuevamente un instante de pasión. No siempre se busca esa vivencia apasionada, a veces uno quisiera ser libre de sus ataduras, de esa dependencia, de esos lazos que aprisionan, pero ese deseo no está en nuestras manos, no tenemos ese poder ni tan siquiera en nosotros mismos, y los extremadamente apasionados sufrimos el dolor y la tristeza y la melancolía y el llanto en muchas horas de nuestros días, pero ¿cómo arrancar, cómo soltarse de ese sentir que nos habita, nos constituye y nos domina?

La pasión tiene su máxima expresión en el amor, en Ἔρως, pero el ser que vive y siente con pasión, experimenta también ese sentir en muchas de las facetas de su vida, se apasiona por un proyecto, por una amistad, se sumerge en una situación, en un entorno, sin pensar, sin necesidad incluso, y sucumbe o se entusiasma ante la expresión de unas palabras, de un hecho, de una imagen, de una canción. La vida del ser apasionado puede resultar un cúmulo de indiferencias cuando se está o se sale de un estado abisal, pero también es cierto que la vida es vivida experimentando, viviendo, sufriendo y gozando de los momentos más álgidos y más extremos, para muchos, incomprensible, alocada e irreflexivamente, pero la pasión no pide permiso de entrada, sencillamente nace, ocupa y se adueña.
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