30 de enero de 2008

AIRE


Brisa que surcas el cielo en cálidos devaneos,
corres despacio, acaricias mi tez,
me rodeas de sueños, bailas conmigo más de una vez.
Te apartas, te acercas y besas mi piel.

En tu paseo susurras melodías calladas,
palabras, dulces sonidos que siseas sin voz,
es la brisa que lleva el aire,
es el aire que se me lleva veloz.

Y me llevas al país del pensamiento,
al mundo de la ilusión,
a la tierra de Nunca Jamás,
donde todo es bello y siempre hay un quizás.

Aire que das la vida,
brisa que abrazas al pasar,
viento que susurras al alma,
me llevas en volandas, donde nunca nadie, me ha llevado jamás.
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29 de enero de 2008

FUEGO

Cuando el fuego abrasa...
sólo ansía bosque que quemar.

Sopla el viento de los pensamientos,
alimentando las llamas del deseo.

Los árboles del bosque brillan bajo el sol resplandeciente,
son las ilusiones, las fantasías del corazón.

Y el fuego avanza con rapidez,
el aire acompaña su baile.
Todo es emoción, todo es pasión del momento,
locura de los instantes, demencia de la exaltación.

El fuego avanza con prontitud.
Los árboles, los matojos, las hierbas…
todo va desapareciendo
es el ardor, la esquizofrenia del momento.

Y después... ¿qué queda?...
Pasa el fuego, pasa la pasión, pasa la vida...
arrasamiento, desolación, devastación… negrura por doquier.
... TODO PASA...
todo muere, todo desaparece... y todo renace otra vez.
Todo vuelve a resurgir... en el pasar del tiempo.
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27 de enero de 2008

SIMPLEMENTE ESTAR

Somos un continuo trasiego. Vivir la vida puede ser hermoso y así lo consideramos cuando las cosas nos van bien. Sin embargo hay períodos en que surgen espacios de tiempo donde tenemos la sensación de hallarnos en un terreno cuya superficie es tan inestable como querer andar sobre tierras movedizas. Las cosas se tuercen, se agravan y todo lo que hacemos o gran parte de ello, parece que sólo sirve para empeorar las cosas. Son esas épocas o sucesos que nos abocan a la tristeza, al abatimiento, a la angustia e incluso a la desesperación.

Esas etapas y experiencias de inestabilidad, no tan sólo las percibimos en nosotros mismos porque las vivimos, sino que de alguna manera las podemos observar también en los otros, y ese otro puede ser alguien cercano, alguien próximo, alguien por quien sentimos afecto o simplemente alguien que por una u otra razón sentimos que nos importa. Esa cercanía no tiene porque ser entendida en relación a la distancia sino a una mutua relación. La distancia física es un obstáculo mínimo para percibir ese sentir, ese dolor o sufrimiento ajeno, bien es cierto que el estar más próximos permite un mayor acercamiento, pero incluso estando cerca, no siempre podemos prestar ayuda, colaboración o dar un determinado apoyo.

No todas las situaciones permiten una intervención ajena, como tampoco tenemos en nuestras manos la solución, ni el mejoramiento de ciertas realidades, pero eso no quita que indirectamente sintamos el deseo o la necesidad de echar una mano o de intentar aligerar el mal momento que esa persona puede estar pasando. La realidad nos dice, nos muestra que sólo es un deseo, una aspiración que desearíamos poder cumplir, pero nada más.

Es difícil y complicado solucionar nuestros propios problemas, nuestras propias inquietudes, nuestras turbaciones e intranquilidades, los miedos y los temores, en consecuencia es todavía más difícil hacer cualquier gesto a favor de otro u otros, porque siendo ajenos, no podemos intervenir, ni mediar. Hay sin embargo algo que no sé hasta que punto es efectivo en una solución o en una determinación, pero que sí es un enorme apoyo tanto para el que lo vive como para el que lo observa, saber o ser alguien que de forma incondicional ESTÁ, no puede hacer, no puede decir, no puede solucionar, pero hay alguien que de una forma u otra ESTÁ, independientemente del camino a tomar, independientemente de la posición en que se halle, independientemente de todo, alguien ESTÁ y ESTÁ AHÍ, en el silencio, en la lejanía, en el anonimato, en la distancia, dónde sea, pero hay alguien que SIMPLEMENTE ESTÁ.

Sentir que alguien nos acompaña, sentir que alguien está con nosotros, percibir el latido de ese sentir… no nos va a solucionar nada, no nos va a resolver nada, pero nos sentimos apoyados, sentimos esa inexplicable cercanía, percibimos esa presencia… y esa capacidad de apreciación puede darnos fuerza y coraje para reducir esa dificultad que inevitablemente estamos cruzando.

Saber, sentir, apreciar, percibir, notar o dar ese ESTAR AHÍ llena el corazón de ternura y como en una indiscreta rendija, tímidos haces quieren dar luz a ese corazón que cruza la oscuridad.
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26 de enero de 2008

¿EXISTE EL AZAR?

Muchos nos preguntamos ¿existe el azar?, ¿existe la casualidad, el destino?

Nadie realmente puede contestarnos a esta pregunta, nadie lo sabe, nadie conoce a ciencia cierta lo que nos depara el porvenir, el mañana, el instante próximo. Tampoco nadie puede explicarnos porque arrastramos hechos o vivencias del pasado sin poder desatarnos, soltarlo u olvidar.

Cada uno tiene sus propias creencias, sus opiniones, sus tendencias, pero nadie puede darnos una explicación del por qué de los sucesos de nuestra vida.

Lo que llamamos azar o casualidad es algo muy efímero, a veces sin sentido ninguno y en otras simplemente no hay explicación posible. Las cosas suceden como si algo o alguien las administrara o las dirigiera, como guiadas por algo invisible y en ocasiones nos hace descubrir o pensar unas cosas en lugar de otras, nos induce a proceder de una forma u otra, y sin saber por qué actuamos o hacemos de un modo desacostumbrado, inhabitual. Pequeños e insignificantes hechos que nos hacen preguntarnos por qué fui a tal lugar, o por qué hice esto o por qué dije lo otro o por qué… Y no tenemos respuesta.

Siempre he creído que la casualidad no existe, que el azar es una forma de expresar este desconocimiento que no sabemos explicar y que todos, de una forma u otra, nos encontramos y vivimos lo que para nosotros está reservado. Lo que está reservado no es un diario de actividades, no es un detalle de movimientos, pero pueden ser como unas líneas maestras que nos encaminan a nuestro destino. Un destino que podemos descubrir, enfocar y vivir bajo nuestra libertad o bajo nuestro criterio, pero una andadura inexplicablemente encaminada a un horizonte, el de cada uno de nosotros.

Cuando en nuestra vida se repiten ciertos hechos con relativa frecuencia en el tiempo, o en más de una ocasión, solemos preguntarnos ¿por qué otra vez? Si lo que se repite es el encuentro con personas de características semejantes, también surge el interrogante ¿por qué siempre he de hallar ese tipo de personas?, o ¿por qué… tengo mala suerte en las relaciones o en el trabajo o con las amistades, con la familia….? Nadie tiene respuesta, nadie nos puede ofrecer esas palabras con el sentido que a su vez den explicación a nuestros interrogantes.

Se dice que la vida es una escuela y que todos hemos venido a aprender en ella, quizás nuestros escollos, nuestras piedras, nuestros tropiezos sean precisamente lo que debemos aprender en nuestro caminar, y no es el azar o la casualidad, sino nuestro particular horizonte el que una y otra vez nos muestra, lo que necesariamente hemos de aprender, y cuando huimos o lo evitamos van surgiendo irremediablemente en el tiempo.

24 de enero de 2008

¡NO TE MARCHES!

Cuántas veces en el tiempo hemos gritado en silencio ¡no te marches... no te alejes, no te vayas!

Y es que el transcurrir del tiempo, el caminar por esta vida nos cruza con seres que hacen nacer en nuestro sentir un profundo afecto por ellos. A veces el encuentro es muy sutil y nos queda el hermoso recuerdo de ese instante, en otras ocasiones el recuerdo permanece en el tiempo y cuando surge o lo evocamos, siempre nos causa alegría, contento, beneplácito, ese grato sabor de lo vivido, de lo hallado. Hay ese grupo de personas que por un motivo u otro calan hondo en nuestro sentir y en nuestra vida, no es tan sólo un encuentro, un saber o un conocer, sino que el habernos cruzado con este ser nos imprime en nuestra vida unos cambios, una nueva visión o quizás ese sentimiento de algo especial, un ser con características distintas que nos ha encandilado, un pensamiento, un carácter, una forma de hablar... un todo y un nada a la vez, pero algo nos atrae de forma especial.

Sentirse atraído por alguien, nos crea esa necesidad de aproximación, de cercanía, donde por muchos momentos que se compartan siempre suelen parecernos poco. Ese primer tiempo de descubrimiento, de acercamiento depende de la persona, de la situación, de la importancia, de la necesidad, del impacto causado... de todas esas manifestaciones que se nos han creado de repente, pero está claro que algo nos ha conmovido, algo nos está adentrando en el corazón.

El curso de los acontecimientos puede desembocar en ese aprecio, en ese afecto nacido de nuestro sentir, esa sensación, ese cosquilleo inexplicable cuando inevitablemente nuestra mente reposa en esa vivencia, en ese hallazgo, en ese encuentro, en esta persona.

Todo comienza y todo termina, todo se inicia y todo se diluye, todo es misterio ante lo desconocido, y cuando percibimos la corazonada o experimentamos cierta evidencia de término o alejamiento, sentimos gritar desde dentro ¡no te marches... no te alejes, no te vayas! Acude la necesidad de buscar, de hallar una nueva forma, otro modo de seguir, de seguir dando espacio a ese hallazgo, a ese encuentro, alargarlo, prolongarlo… surge la resistencia a la lejanía, a la distancia... al olvido.

En esa corazonada, en ese espacio con cierto temor, algo grita en el interior y exclamamos silenciosamente ¡no te marches!
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22 de enero de 2008

DESEO Y ANHELO

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Si la realidad fuera sólo deseo y anhelo,
el mundo sería el gran teatro
habitado por marionetas del sentir.
Cuerdas, tensoras del pensamiento.
Hilos, lazos que impiden salir.
Alambres, certezas estableciendo distancias.

Si la realidad fuera sólo deseo y anhelo,
la vida una existencia de títeres,
escondidos en el baúl de los viajes,
vapuleados por el camino itinerante,
saliendo al mundo ante la gran actuación del instante,
el gran momento de la sesión.

Y después….
después la nada, el vacío, el abismo, la oscuridad…

La realidad, la vida, los días,
los instantes, los momentos…
se visten de deseos y anhelos
caminando hacia la realidad.
Sin ser escollo, sin ser lazos, sin ataduras,
siendo vida, siendo camino, siendo verdad.

Caminos de la vida... caminos sin andamiajes,
sin atajos, sin desviaciones, sin acortamientos,
anhelos por el vivir,
vida de los instantes,
pasión por los momentos.

Y nuestra vida… caminando libre, sin quimeras, sin lazos,
olvidados y seguros en brazos de la misma vida,
con la misma simplicidad de ser, de existir, de vivir…
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17 de enero de 2008

ABSURDA AVIDEZ

Caminos desconocidos,
sentires ansiosos
y una andadura con ceguera.
Búsqueda de lo que se tiene,
ávidos de lo que se aloja,
pero ciegos de pensamiento.
Obcecados, tercos, obstinados...

La vida grita,
y no escuchamos.
La vida muestra,
y no vemos.
Las palabras, los conceptos,
experiencia y verdad aparecen,
pero las apartamos, ni miramos siquiera. ¡Fuera!

Terquedad, tenaz terquedad,
que ata y aprisiona
en la más absurda de las prisiones.
Ceguera de entendimiento.
Ignorante de lo propio.
Esclavos inconscientes de la absurda avidez.
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15 de enero de 2008

EL SABOR DE LA RENUNCIA






margo. Las renuncias siempre tienen el sabor amargo.

Cuando la vida te pone en el aprieto de tener que dejar, abandonar u olvidar algo o alguien que tu corazón y tu sentir ama, desea, anhela, ansía o forma parte de uno mismo, la renuncia siempre es amarga, siempre es dolorosa.

Nunca la vida fue un camino de rosas, es cierto, pero la vida te deja verlas, te deja olerlas, te deja contemplar su belleza y cuando quieres poseerlas, cuando quieres tenerlas, cuando quieres adueñarte de ellas, las espinas inevitablemente clavan sus afilados pinchos en esa mano que las aprisiona. Si sólo fuera el dolor exterior, sería cuestión de días su curación, pero las renuncias que la vida impone, son un profundo padecimiento en lo más hondo del alma y desde el profundo sentir.

Esos inevitables sucesos de nuestra vida son como enseñanzas, como lecciones que no sabemos porque debemos aprender, simplemente nos surgen, se nos imponen, hemos de vivirlos y nos hieren. Intentamos comprender, entender cual ha sido el motivo o el por qué; pero sólo el pasar de los días nos dará la experiencia, sólo el apartarnos del momento nos dará la posible mirada para acercarnos al hecho en sí, ver la decisión a tomar y asumirlo, aceptarlo. Cuando la renuncia es inevitable, obligatoria y sin posibilidad de cambio o modificación, sólo el tiempo nos dará el conocimiento y nos transmitirá la enseñanza, o el sentido que ello imprime en nuestra vida. También uno se pregunta por qué a algunas personas les sucede con más frecuencia en el tiempo que a otras, pregunta compleja y de difícil respuesta.

Muy subjetivamente, como siempre, ya que no pretendo hacer ninguna tesis de nada, observando y viendo como alcanza y se vive la situación en mis entornos, me parece que los hombres, sea cual sea su postura, tienden a ser más fieles y quizás consecuentes y determinantes en su decisión. La emotividad, la sensibilidad, el sentimentalismo es más acusado en las mujeres y quizás tendemos a prolongar la renuncia, intentando recabar cualquier posibilidad para evitarla. En ese período se analiza o se intenta razonar todas las posibilidades, todos los motivos, las causas, las posibles consecuencias, los daños que implica un hacer u otro, una postura u otra, buscar una visión de la situación el máximo de neutral y causar el mínimo daño a cualquiera, porque inevitablemente alguien saldrá perjudicado o dolido. Creo en el buen actuar de mucha gente y existe una inclinación a entender, a comprender, pero nunca se halla el instante de atacar definitivamente ese momento de resignación, de admitir la inevitable despedida.

Quizás esa sea para mí una suerte, el poder comprobar las buenas intenciones de la gente que he conocido en situaciones de renuncia, son seres que no culpabilizan, que no acusan sino que ante el sentimiento amargo responden con comprensión y entendimiento, muy a pesar de que todo ello cause un profundo desgarro y una herida que sangrará durante quien sabe cuanto tiempo.

La vida, y sigo desde mi subjetivismo, se vive conociéndola y viviéndola desde sus más arriesgados extremos, desde sus más delicados y hondos límites, y evidentemente las alegrías son inmensas, pero también es intenso el dolor, y aunque veamos otras vidas que entran en la monotonía de los días y en los quehaceres repetitivos, sin aspiraciones, sin necesidades, sin experimentar las fuerzas del sentir que elevan con la misma facilidad que hunden, no sé si cambiaríamos la vivencia de los extremos por una vida que se amorfa, se vulgariza y se diluye en el pasar del tiempo sin alicientes y ante un horizonte sin perspectiva de cambio, eso sí apacible y sin sobresaltos.

Las renuncias al igual que el propio sentir no siempre son visibles, palpables, exteriorizables, porque los límites y los extremos son sólo vivencias íntimas, personales y muy posiblemente no observemos estos hechos o no los podamos observar en las vidas ajenas, como siempre, ese vivir sólo puede ser visto y observado desde uno mismo y por uno mismo.
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14 de enero de 2008

MI SER MUJER


No es mi pretensión hacer una apología de la mujer, nada más lejos de mi realidad, de mi pensamiento y de mis deseos, tampoco creo que tenga las cualidades para ello. Quisiera tan sólo mencionar o exponer muy fugazmente el sentir de ser mujer, una más en toda la variedad que existe en el mundo, una mujer que al igual que todas y todos tiene sus virtudes y sus defectos, que vive y siente como cualquier otra, pero que sólo puede hablar desde su propio vivir, desde su propio sentir y desde su personal manera de ser.

Cada ser humano siente en sí el paso del tiempo, los cambios en su vida, adquiere experiencia, se conoce más a sí mismo, aprende de su propio caminar, caemos y nos levantamos infinitud de veces y nuestras debilidades aparecen una y otra vez, así como también se afianzan nuestras seguridades. No podemos definir, ni determinar los momentos en que vamos adquiriendo más experiencia de vivir, ni tampoco en que ámbitos, ya que cualquiera de ellos nos pueden afectar, tanto en lo que somos como donde nos desenvolvemos. Tampoco podemos establecer una etapa o época para todos igual, cada persona tiene su momento, su espacio y su lugar, y relativo es lo que tiene que ver con la edad, con la condición y con las facilidades u oportunidades que la vida nos ofrece.

Mi ser mujer no cumplió nunca las expectativas, “mis expectativas”, dentro de mi tiempo deseado, es decir, en el momento o etapa habitual o la más generalizada, la más común, sino que fueron apareciendo por lo general, en épocas o momentos posteriores de los considerados como media o más frecuentes. Los estudios surgieron en edad juvenil más que en la adolescencia, la relación con el sexo opuesto apareció también con cierto desplazamiento en el tiempo (quizás más común en esa época de los 70), el sentido femenino en tanto que experimentar ese gusto por el coqueteo y el ser presumida pasó bastante superficialmente en esa edad que le es característica, la toma de decisión en el futuro, el típico “de mayor quiero ser” exactamente lo mismo, y así todos esos matices que configuran esas primeras épocas. Existió durante varias etapas una especie de desubicación, un no estar nunca en el lugar adecuado, en el entorno favorable o el sentirse inoportuna en muchas ocasiones.

Inconscientemente subyacía y subyace la necesidad de conocer ese fondo que sustenta y sostiene la vida de mi ser mujer; instintivamente, pero sin ser realmente consciente de ello, la necesidad de saber, el conocimiento de mi misma, el acercamiento al propio ser, mi relación con el entorno, el entenderme y comprenderme, aguardaba ahí, escondido, anónimo, desconocido, esperando quizás la serenidad o la calma de una etapa más afín, más idónea, esperaba su momento más oportuno, el lugar quizás más propicio, el espacio más acertado para que el sentido de todo el conjunto de mi ser mujer se mostrara o se hiciera mínimamente visible a mi entendimiento y a mi comprensión. Y mientras, el camino de la vida iba andando conmigo en la más absurda ignorancia.

Hoy, pasado el tiempo, en plena adultez creo que empiezo a descubrir esos matices, esas peculiaridades, esas vivencias que muchas mujeres, en cierta manera, ya cumplieron o vivieron, seguramente algunas seguirán buscando y quizás otras nunca los lleguen o los lleguemos a encontrar. Pero descubro algún rasgo, quizás insignificante, quizá pueril, pero que ahí está y que cobra cierto matiz reconocedor para mí. Por ejemplo el gusto por la imagen, una imagen que más que adornar o destacar la exterioridad cumple el sentirse bien y el gustarse una a si misma, un sentir que existe un espacio en mi entorno que de alguna forma se reserva para que yo lo ocupe, un discurrir que parece enlazar esos cabos sueltos del pasado, un cierto sentido a las renuncias que la vida me obligó…

Miro mi vida y me doy cuenta, muy fugaz y ligeramente, que mi camino no es el más general, el más común, el más habitual, aunque existan muchas mujeres y hombres cuyo propio descubrimiento, cuyo propio encontrarse, tiene lugar en cualquier instante de su vida, no necesariamente existe un barómetro regulador, e incluso habrá personas para las cuales, no exista nunca esa necesidad de hallarse o ese encuentro consigo mismo. Hay una especie de cánones o líneas generales en ese cruzar la vida, pero no todos lo cumplimos de igual forma, ni tiene porque ser así. Hoy miro el camino recorrido y pienso que la vida no es la que yo hubiera definido para mí, y sin embargo parece que su trayectoria comienza a tener sentido y significado, al menos me parece observar una cierta concordancia entre lo vivido y las características de mi singular ser mujer.

Un amigo de muchos años, me dijo hace escasos días: “el tiempo no existe, el tiempo es un invento humano, las cosas no tienen porque suceder a una edad determinada porque cada uno tiene su momento, su circunstancia, su lugar y su tiempo”. Y me dio que pensar. Posiblemente el tiempo no exista, tal y como nosotros lo administramos, tal y como lo pensamos o lo establecemos, el tiempo es algo que se ha inventando para ordenar y situarse, quizás para establecer unas referencias, pero en ningún lugar está escrito un tiempo para vivir, un horario vital para cumplir, un momento para nacer o un instante para morir, todo es un proceso, un ordenarse, un transcurrir, un pasar, pero sin orden y sin determinación. Los hombres necesitamos unos puntos de referencia, establecer unas coordenadas, pero eso no significa que para todos se establezca de igual manera y en la misma etapa, sino que cada vida, cada transcurrir constituye y establece su propia andadura y su propio paso.

Quizás gracias a este cavilar anónimo, al apasionamiento de mi misma vida, dejándome llevar por esas locuras de mi pensamiento, por ese discurrir irracional, voy desmenuzando el sentir de los instantes que me permiten dar cuenta que, lo más importante no son “mis expectativas”, mis objetivos, ni mis metas, sino el sentido de mi sentir y de mi ser mujer.
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13 de enero de 2008

PASIÓN

Sé que existen definiciones, explicaciones, comentarios, artículos, estudios, experiencias… sobre la PASIÓN, pero me olvido de todas ellas, las ignoro, las olvido, en estos momentos las rechazo de pleno porque aunque yo utilice ese término (alguno he de usar), la PASIÓN es para mí… lo inexplicable que mueve el mundo, el misterio que hace vivir la vida, la fuerza que empuja y alimenta el sentir, el color que pinta la realidad de lo inimaginable, el aliento que hace correr por las venas la sangre del deseo, el sentimiento que conmueve y cobija el alma, es el encuentro con el misterio, es el padecimiento del olvido, el abismo que permite soportar el dolor y a su vez el motivo y la causa que nos despeña, es la emoción y el llanto del recuerdo, es el rompimiento de las entrañas y la cima más alta… todo eso y mucho más es para mí la PASIÓN.

La pasión no es una adquisición, no es un utensilio, no es manejable y difícilmente manipulable, en ocasiones y a duras penas, intentamos sujetarla y dominarla, pero su presencia está ahí, invisible, oculta, escondida, pero siempre presente, porque la pasión es lo indescriptible, lo indecible, lo inexplicable que nos habita. Cada uno de nosotros tiene su capacidad o su medida o su expresión, el espacio que ocupa en nosotros, cada uno lo sabe y mínimamente lo conoce, no todos la expresamos y si la expresamos lo hacemos de distinta forma y de diferente manera. Es para mí imposible explicar la pasión en términos definitorios y generales, porque la pasión nos invade a todos en distinta medida y nos aprisiona individualmente, por eso hablo de “mis pasiones”, de las que a mi me abrazan, de las que a mi me asisten, de las que a mi me dominan, de las que a mi me atan, de las que a mi me habitan, de las que en mi viven.

Es fácil para mí apasionarme, mi gran pasión es el sentimiento, el amor, el sentir, el vivir amando, el amar viviendo, el sentir explosivo del sentimiento, la irrupción y el destilar y el derramarse y el verterse y el volcarse de todo aquello que inunda e impacta y hace vibrar la vida, mi vida.

La pasión es un mundo infinito e inabarcable de vida, imposible de explicar, las palabras no pueden decir ese mundo incoherente, irracional y anárquico, no existen los términos, nadie ha sido capaz de inventarlos, ni tan siquiera los poetas, los trovadores o los juglares, ellos se limitaron a combinar bellamente vocablos y abstracciones en rimas, poemas y cantares; tampoco los grandes escritores pudieron hacerlo, necesitaron de historias, novelas y relatos para acercarse a su definición, para mostrarnos algunos efectos, pero nadie ha podido nunca expresar un único sentir y una única manifestación de la pasión.

La pasión tiene vida propia, no está en nuestras manos su existencia o su muerte. Cuando nos apasionamos por algo o por alguien no podemos dominar la pasión, es ella la que nos domina o la que nos abandona, es ella la única que tiene el poder de decidir. Tanto su presencia como su muerte dejan su rastro y sus huellas en nosotros, en nuestro interior durante ¡quién sabe cuánto tiempo! Cada uno de nosotros puede llegar a domarla, adiestrarla u ocultarla, pero imposible es decidir o crear su existencia.

La pasión de un beso por ejemplo, puede traspasar la eternidad. Dar y recibir el encuentro de unos labios que nos aguardan y que a la vez entregamos, se convierte en una vivencia siempre presente. Podemos olvidarnos de la mayoría de detalles, del momento en el tiempo, de las imágenes, quizás del antes y después, pero cuando la evocación se nos hace presente revivimos aquel instante para hacerlo nacer de nuevo y aquel momento es de nuevo un instante de vida donde el mágico entorno que le envuelve es el mundo que no se ve, es acercarse al enigma de lo acaecido, es lo pasado pero con una nueva vida, la de ahora, la de este momento, la de ese instante. Un beso, un rozar de labios, un aliento, una entrega, una piel, un sentir, un dar, un encontrarse, un unirse, un ser uno… y en ese rozar y en ese entregar y en ese dar y en ese hallar se ofrece también la vida de ese instante, el latir de un corazón, el sentir de un cuerpo, la esencia de un alma. De ese beso, de ese rozar de labios, de ese unir… nace la pasión del instante.

En cualquier momento, en cualquier situación, un sonido, una palabra, un sentimiento, una imagen, una luz, un color… o quizás… la misma nada, nos traslada, nos viaja al recuerdo de un instante, a la evocación de un momento, al amado, al desconocido sentir y nos arrebata de nuevo el desasimiento, ese abandonarse al dulce embrujo de concebir nuevamente un instante de pasión. No siempre se busca esa vivencia apasionada, a veces uno quisiera ser libre de sus ataduras, de esa dependencia, de esos lazos que aprisionan, pero ese deseo no está en nuestras manos, no tenemos ese poder ni tan siquiera en nosotros mismos, y los extremadamente apasionados sufrimos el dolor y la tristeza y la melancolía y el llanto en muchas horas de nuestros días, pero ¿cómo arrancar, cómo soltarse de ese sentir que nos habita, nos constituye y nos domina?

La pasión tiene su máxima expresión en el amor, en Ἔρως, pero el ser que vive y siente con pasión, experimenta también ese sentir en muchas de las facetas de su vida, se apasiona por un proyecto, por una amistad, se sumerge en una situación, en un entorno, sin pensar, sin necesidad incluso, y sucumbe o se entusiasma ante la expresión de unas palabras, de un hecho, de una imagen, de una canción. La vida del ser apasionado puede resultar un cúmulo de indiferencias cuando se está o se sale de un estado abisal, pero también es cierto que la vida es vivida experimentando, viviendo, sufriendo y gozando de los momentos más álgidos y más extremos, para muchos, incomprensible, alocada e irreflexivamente, pero la pasión no pide permiso de entrada, sencillamente nace, ocupa y se adueña.
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11 de enero de 2008

ENTENDIMIENTO Y COMPRENSIÓN

espués de los miles y miles de años que el homo sapiens habita la tierra, después de las fases evolutivas, los avances, adelantos, reconocimiento de los derechos humanos… y un largo etcétera de progresos, seguimos sin haber resuelto o mejorado demasiado, algunas de las cuestiones más básicas, más elementales, más esenciales como es el entendimiento entre nosotros, el entendimiento entre unos y otros.

Evidentemente no se puede afirmar que todos somos iguales, pero sí existe en la sociedad una falta de entendimiento. Un entendimiento que abarca todo tipo de relaciones, de encuentros, de situaciones o de momentos.

Parece haber algo innato en el ser humano que crea una inclinación casi incontrolada a la posesión del propio reconocimiento, a la revalorización del propio pensar, a la concepción o forma y manera de ver las cosas, a la particular comprensión ante los otros e incluso por encima de los demás. No siempre se es o se actúa de esta forma, pero hay una tendencia, una gran propensión a esa especie de posesión de la verdad, de la propia verdad, porque es el otro quien no me entiende, es el otro quien se equivoca, es el otro el que crea las distancias, es el otro quien no comprende.

Quisiera detenerme en los conceptos de ENTENDIMIENTO y COMPRENSIÓN, que son los que conforman el título, y dan lugar a esta reflexión.

Es enriquecedor retomar de vez en cuando el verdadero significado de los términos que ya damos por sabidos, en ocasiones nos invita a modificar o ampliar nuestros propios conceptos.

Todos, en general, sabemos el significado de “entendimiento”, pero ¿qué quiere decir realmente “entendimiento”?
ENTENDIMIENTO es la capacidad de entender. Entender viene del latín intenděre que significa dirigir, aplicar. Es decir tener idea clara de las cosas, conocerlas, penetrar las intenciones de alguien, facultad de pensar, comprender y elaborar conceptos, relacionar mediante el razonamiento, saber ir de lo individual a lo global, de lo concreto a lo general o abstracto…

Para desarrollar el entendimiento, uno de los requerimientos básicos, es la paciencia. La paciencia es necesaria para acoger las ideas, para intentar conocerlas y comprenderlas, para pensar…

Nuestra vida actual, en términos generales, tiene poco espacio para la paciencia, para el desarrollo progresivo de las cosas, de los conceptos, y enseguida entendemos, enseguida interpretamos, pronto explicamos e incluso podemos ser capaces de demostrar lo que haga falta. La paciencia se nos agota rápido, tenemos otras cosas más importantes o más placenteras que nos aguardan, o simplemente, hemos perdido el gusto por entender. Somos rápidos catalogando a las personas, las situaciones, los contextos, los entornos y ya hemos hallado la solución, nuestra solución, por lo tanto sabemos como actuar, que pensar, que hacer o que decir. Perdemos poco tiempo en escucharnos unos a otros, en entendernos, en conocer la visión, la situación o la percepción del otro y el otro tiene también sus razones, sus motivos, sus por qué, su visión y su individual manera de vivir, ver y entender los acontecimientos, las situaciones y su relación con los demás.

Siguiendo la línea tomada anteriormente me remito al significado de la palabra “comprensión”.
COMPRENSIÓN viene de comprender y ésta del latín comprehenděre; de cum, con y de prehenděre, coger. Es decir, coger, abrazar, ceñir por todas partes una cosa, y “con” es una preposición que significa el medio, modo o instrumento que sirve para hacer una cosa.
En resumen: a través de ceñir, de rodear al otro, de abrazar en conjunto al otro, le acogemos.

Cuando nosotros somos capaces de comprender, de abrazar, de conocer al otro, nos acercamos a su sentir, nos aproximamos a su individualidad, a su visión, a su conocimiento, y posiblemente nuestra verdad no sea tan verdad, y quizás nuestra visión no sea tan clara y probablemente cuando entendamos la postura, el hacer del otro, las razones del otro, seguramente la distancia entre los dos disminuya.

Entender y comprender al otro, no significa ser como el otro, no quiere decir que seamos el otro, sino que después de escuchar, de razonar, de acercarnos, de saber ponernos en su lugar, somos capaces de ensanchar nuestra visión, nuestra personal concepción y acortar nuestras diferencias, nuestra desigualdad.

Evidentemente interfieren muchos otros aspectos y condicionantes en las relaciones humanas como la afectividad, la comunicación, la realidad, el entorno, la cultura… y un sin fin de aspectos más. Pero la escucha, el aproximarse a la postura o situación del otro, el acercamiento, la acogida del otro, me parecen un buen inicio para el entendimiento y posterior comprensión entre los seres humanos, independientemente de sus diferencias, raza, sexo o condición.
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8 de enero de 2008

SÉ CON SINCERIDAD

Hay muchos valores en este mundo nuestro y muy bellas cualidades en el hombre que parecen estar adormecidas en la sociedad actual. Una de ellas es la SINCERIDAD.

La SINCERIDAD es una virtud propia y característica del ser humano, ser sinceros hace del hombre un ser noble, íntegro, manifestación de lo bueno y lo bello que habita en el interior de todos y cada uno de nosotros, e incluso mostrar -porque no- nuestra limitación.

Hoy en día la sociedad ha perjudicado en sobremanera la expresión y la manifestación de esta virtud, se vive de cara a la galería, existe todo un formulismo y toda una liturgia para ser correctos, para mostrarnos agradables, hay que ser falsamente honestos con el único fin de conseguir un interés, una atención, un objetivo, un beneficio material. Lo exterior valora lo exterior, es decir, la apariencia, lo extravagante, la imagen, la forma, el aspecto, los modales, el trato… todo aquello que podemos ver, pero que realmente no es lo que hay. Nos damos la mano, esbozamos una sonrisa, una palmadita en el hombro, reímos las gracias y por detrás nos dejamos verdes, ¡pero eso sí!, quedamos de lo más agradables, simpáticos e incluso respetuosos y educados. En ocasiones y con el tiempo nos damos realmente cuenta de lo que de verdad se escondía detrás de algunos u otros.

Ser sinceros no es una actitud, no es una norma, no es algo que se pueda cambiar dependiendo de la ocasión o del momento, la sinceridad, el ser sinceros, es una forma de ser, es una manera de vivir, es un mostrarse tal y como uno es de verdad.

Vivir y relacionarse con SINCERIDAD no es tarea fácil, no es un método, no es un sistema que se aplique sin más, como cambiarse de ropa o de coche. El ser SINCERO es el ser que se expresa sin artilugios, sin máscaras, sin hipocresías, sin tapujos ni disfraces, sin pretensiones de aparentar lo que no se es y posiblemente lo que no se puede, es ser abierto, espontáneo, libre, descubriendo que entre nuestra expresión y nuestro interior hay una integridad, hay una armonía, existe una correspondencia, que no somos perfectos, ni maravillosos, ni mejor nadie, simplemente somos.

Ser SINCERO no es decir siempre todo lo que uno piensa o cree o se espera, sino saber decir y expresar lo que realmente requiere el momento, la situación o el otro, es ser honesto con uno mismo y con los demás, no es querer ser el mejor o quedar muy bien, sino sencillamente ser, siendo verdaderos y siendo leales.

La SINCERIDAD no tiene porque ser cruel, aunque algunas veces puede doler y mucho, pero la persona que ofrece esa cualidad o esa virtud es una persona con la que se puede contar, es alguien en quien se puede confiar, es alguien en quien nos podemos apoyar y ayudar mutuamente.

Quizás surjan ocasiones o momentos en que no podamos expresar realmente nuestro sentir, nuestro deseo o nuestro pensar, pero es mucho más importante ser reservados y prudentes que decir aquello que no pensamos, ni sentimos o decirlo porque así se espera de nosotros.

Creo que esta frase de Henrik Ibsen resume muy bien lo que quizás no sé si he sabido expresar:

"Si no puedes ser lo que eres, sé con sinceridad lo que puedas."


6 de enero de 2008

DIÁLOGO SIN PALABRAS


Hay diálogos que son mucho más expresivos que una gran manifestación vocal, que una extensa retahíla de términos, o de una cuidada y preparada oratoria.

Existen muchos diálogos sin palabras, en el recuerdo y en la memoria las palabras quizás se olvidan, posiblemente no seamos capaces de expresarlas tal como fueron dichas… sin embargo una expresión o un gesto pueden quedar impresos en nuestro corazón como algo siempre nuevo y siempre lleno de lo que se vivió, se sintió, se vive y/o se siente.

Hay diálogos sin palabras que transcurrido el tiempo nos siguen diciendo, nos siguen hablando, continúan dándonos su mensaje, siguen estando con nosotros, en lo más íntimo y en lo más velado de nuestro sentir.

Hay personas que llegadas a la vejez o aquejadas de algún tipo de enfermedad olvidan hechos y momentos y sin embargo pueden reaccionar ante una manifestación, ante una expresión del rostro, del cuerpo o de un simple gesto.

Evidentemente todo tiene siempre varias lecturas, pero mi deseo es expresar un diálogo amistoso, amable, afectuoso, amigable, cercano, amoroso, con ternura, de acercamiento… y expreso sólo unas pinceladas improvisadas.

Un abrazo.
Un abrazo es sentirse acogido, amparado bajo la suavidad o la fuerza de un sentir que te rodea, te acoge o te aprieta contra sí.
Un abrazo es encontrarse con otro cuerpo que te atrae hacia sí para que recibamos aquello que nos ofrece.
Un abrazo es la vida de unos instantes eternos y breves donde se escucha y se nos da lo que las palabras nunca podrán expresar.
Un abrazo nos puede explicar todo lo que un corazón siente, todo lo que un corazón da, todo lo que alguien sin más te brinda.

Una mano.
Unir las manos, puede unir lo que está separado.
Sentir el tacto suave de una mano es ser acogido, ser amparado por otro que se nos acerca.
El roce de una mano puede ser, en ocasiones, una descarga, una descarga capaz de sacudirnos todo el cuerpo.
Un simple roce puede hacernos dar cuenta de lo que no hemos sido capaces de ver con nuestros ojos o escuchar con nuestros oídos.
El roce de una mano puede ser simplemente darnos cuenta que algo común se comparte.
La mano es el acercamiento del otro, es la cercanía del otro, es el respeto, la confianza, el darse, el ofrecerse…

Una mirada.
La luz de una mirada es una de las expresiones más distintivas del alma.
Una mirada puede mostrarnos la vida que se anida en el otro.
Una mirada puede transmitir lo que los labios son incapaces de pronunciar.
Una mirada sincera nos abren al otro sin necesidad de más.
Una mirada inocente anula nuestro rencor, nuestra rabia, nuestro malhumor, nos calma, nos dulcifica, nos enternece, nos pacifica...

Una sonrisa
La llenura de una sonrisa es el más bello canto que pueden expresar nuestros labios, un rostro, el complemento perfecto de una mirada.
Una sonrisa que nace porque sí, que se da porque no puede guardarse, porque ha nacido para ser entregada… es el encuentro, es un don, es un abrazo al corazón.

Muchos gestos y expresiones pueden componer ese diálogo, quizás muy poco usado, muy poco utilizado, muy alejado de nuestras relaciones de hoy; lo reservamos para los nuestros más cercanos (y no siempre), para los miembros de nuestra familia porque la sociedad está caótica, está asustada, está reprimida, vive en la fachada de lo que realmente somos y de lo que sentimos, pero siempre existe algún momento donde sin darnos cuenta entablamos, sin palabras, un diálogo, una “conversación”, un intercambio.

Existen tantos diálogos sin palabras, que cada uno puede componer su propio “diccionario”, no es necesario aprenderlo, ni enseñarlo, porque el lenguaje del alma, la manifestación del corazón, la verdad del sentir, es una expresión que todos entendemos, todos la sabemos leer y todos somos capaces de expresar y de dar.

No se necesitan palabras ante:

  • La contemplación de un rostro
  • La canción de un aliento
  • El estar de una presencia
  • El eco de un sentir
  • La escucha de una llegada
  • El apoyo de un hombro
  • El roce de una mejilla
  • La voz de un gesto
  • El silencio del otro
  • El cuerpo que se une
  • … …

2 de enero de 2008

LO INESPERADO

Porque terminé el año con lo inesperado y desagradable quiero pensar que el comienzo de este nuevo año es simplemente la inauguración de lo bueno, de lo agradable y de lo esperado.

Algunos de los sucesos que nos ocurren suelen presentarse de forma imprevista, por sorpresa, inesperadamente y eso es causa para que reaccionemos también improvisadamente, instintivamente. Quizás acertemos en nuestra reacción o quizás no, pero está claro que nuestra respuesta es la que nos sale en esos momentos, también de forma instantánea e impensada, no podemos meditarla, ni tampoco preverla. Cuando el suceso es agradable, la reacción es de relativa importancia, pero cuando es algo que nos perjudica o algo que nos afecta, empezamos a dar vueltas y más vueltas al asunto, intentado entender porque no fuimos capaces de reaccionar de aquella manera o de aquella otra.

Lo inesperado, ese algo que no esperamos, ese algo que se ha hecho presencia en nuestro momento y nos ha alterado el hacer monótono y cotidiano. Esos sucesos imprevistos nos hacen replantear nuestro hacer, nuestras costumbres o simplemente nuestro comportamiento. Lo inesperado puede también ser motivo de cambios, quizás radicales o formas de ver las cosas o de entenderlas… es como si a partir de ese hecho inusitado, nuestro camino tomara otra senda distinta que quizás jamás habríamos tomado o de modificar algunas de nuestras costumbres porque las circunstancias así parecen indicarlo. También es posible que no haya que cambiar nada, simplemente ha sucedido y punto.

Parto de la base que es bueno aceptar lo inesperado (por otro lado no nos queda otra solución), aunque ello nos duela o nos haga sufrir, nos moleste o nos altere, pero es bueno intentar comprender el porqué de este hecho o de ese incidente y hallar el aspecto o el sentir que nos ha dolido o afectado.

En esta época en la que estamos, período navideño, es también un momento propenso a que nos suceda este tipo de situaciones, nuestras costumbres se ven alteradas, nos desplazamos, salimos más de fiesta, comemos más copiosamente, quizás circulemos en estados poco aconsejables, gastamos más, el ambiente es más disperso, la actividad más frenética… en fin, que es una época que se presta y facilita el que nos sucedan imprevistos. Lo inesperado debe aceptarse también como algo característico de este momento en que todo parece perder un poco la cordura y el control, y acogerlo como tal en la medida de lo posible. Una buena forma de asumirlo es viendo la parte positiva, que seguro que la tiene, quizás cueste, pero muy posiblemente esté ahí. Tenemos muchos días por delante y empezarlo con negatividad no es aconsejable, porque nos queda ese mal sabor de inicio del año, a veces inconscientemente tenemos la sensación de comenzar las cosas ya con mal pie. El aceptarlo como consecuencia del desbarajuste del momento nos permite seguir con cierto optimismo los más de trescientos sesenta días que nos quedan por delante.

La predisposición positiva con que afrontamos lo desagradable de las cosas hace que nuestra vida sea más regular, con menos altibajos, la negatividad es mala consejera porque nuestro estado de ánimo hace que desaprovechemos la ocasión de hallar el color y la alegría de los instantes. Independientemente de que lo inesperado sea más o menos agradable, el intentar mostrar nuestra parte favorable y de positivismo ante cualquier hecho, por inesperado e imprevisto que sea, siempre beneficia, y no tan sólo en esta época, sino en cualquier momento, época o etapa en que hace acto de presencia.

Lo inesperado puede ser el inicio o el motivo para mejorar, cambiar o ver las cosas de otra manera o simplemente saber aceptarlas. Siempre podemos hallar algún aspecto, detalle, forma o hecho que nos beneficie o nos haga ser mejores.